
Una amiga me comentó que no reconocía a las mujeres de su pueblo en las mujeres que yo nombraba en mis artículos, y tenía razón, ya que hay tantas mujeres como territorios existen. Sin embargo, sí hay realidades comunes que atraviesan a las diferentes mujeres del mundo rural.
Hablar de mujeres rurales implica con demasiada frecuencia una simplificación, que diluye matices, conflictos y diversas trayectorias. En comarcas como las Cuencas Mineras, esta mirada homogeneizadora resulta limitada. La historia minera, los procesos de reconversión industrial, el declive demográfico y las propias e interesantes diferencias de los pueblos de esta comarca han configurado un territorio surcado por diferencias y desigualdades específicas que afectan de manera diferenciada a las mujeres. Analizar estas realidades desde el feminismo interseccional permite romper estereotipos y descubrir las diversas complejidades.
El género, clase social, edad, origen o territorio son una premisa para determinar las desigualdades que se producen y entrecruzan y a su vez marcan experiencias opresoras y también de resistencia. No existe una única forma de “ser mujer” en nuestra comarca ni un relato común que pueda representar a todas.
Estas diferencias deben entenderse poniendo la mirada en la historia minera que ha marcado y estructurado la vida social y económica del territorio, reforzando una división sexual del trabajo muy marcada. Mientras los hombres ocupaban el espacio productivo reconocido, muchas mujeres sostuvieron la vida desde el ámbito doméstico, los cuidados y trabajos invisibilizados o precarios. La reconversión y el cierre de minas no solo supusieron una pérdida de empleo, sino también una reorganización profunda de las responsabilidades que, en gran medida, recayeron sobre las mujeres.
Estas diferencias laborales marcadas por el trabajo reconocido, se puede observar en la diferencia de estatus que supone el trabajar en empresas como la Casting, mayoritariamente masculina y Espuña en la que su plantilla está formada casi exclusivamente por mujeres.
La clase social atraviesa las experiencias femeninas y las determina, no todas las mujeres han contado con los mismos recursos, en los diferentes pueblos, para afrontar el desempleo, la falta de oportunidades. Algunas han encontrado trabajo en sectores como la hostelería, el comercio o los cuidados, generalmente en condiciones inestables y mal remuneradas. Las mujeres que han podido acceder a estudios universitarios o medios han accedido a trabajos cualificados que les ha otorgado la capacidad real de decidir quedarse o marcharse en el territorio.
La edad introduce, una brecha significativa. Las mujeres mayores de la Comarca han sido pilares fundamentales en la comunidad, pero apenas han visto reconocidas sus aportaciones. Muchas vivieron su juventud en un contexto de fuerte dependencia económica y escasas alternativas vitales. Por su parte, las mujeres jóvenes que hoy intentan construir un proyecto de vida en el mundo rural se enfrentan a la falta de empleo cualificado. A la precariedad y a la ausencia de muchos servicios básicos que faciliten la conciliación.
El territorio no es neutro, actúa como eje de desigualdad, la dispersión geográfica, la escasez de transporte público y la falta de servicios públicos próximos intensifican la carga de cuidados y limita su participación social, política y cultural. Esto refuerza dinámicas de aislamiento que escasamente se tienen en cuenta en los discursos sobre igualdad. Es por ello necesario mirar a las mujeres rurales desde el feminismo interseccional no como gesto académico sino como gesto político y cultural.
¿Te ha gustado este artículo? Compártelo