
Por asociación de ideas, cuando pensamos en el desarrollo económico de una ciudad o región, solemos imaginar fábricas en polígonos industriales relucientes. Pero la industria tradicional, a estas alturas del siglo y por estas latitudes, puede que nos haya pasado ya por encima en dirección al Este. Menos mal que la receta del desarrollo regional incluye muchos otros ingredientes. Uno de ellos es el capital social, tan poco visible como determinante para diferenciar entre los territorios que despegan y los que se quedan atrás. Dicho de forma sencilla, estoy hablando de las redes de confianza, colaboración y reciprocidad que tejen las personas e instituciones de un lugar. Ya sé que parece algo muy abstracto, pero sus efectos son de lo más concreto, como quiero mostrar en estas líneas.
Imaginemos dos comarcas con recursos similares. En una los empresarios apenas hablan entre ellos, el ayuntamiento y la asociación empresarial mantienen una relación meramente protocolaria y las iniciativas ciudadanas languidecen por falta de apoyo institucional ¿Les suena de algo esa historia? Mientras tanto, en la comarca de al lado los empresarios quedan a tomar café regularmente, comparten proveedores y se avisan de oportunidades. El alcalde tiene el teléfono de los empresarios locales y viceversa. Cuando surge un problema, todos arriman el hombro. ¿Cuál de las dos tiene más posibilidades de prosperar? El factor diferencial entre ambas es el nivel de capital social acumulado.
Este recurso funciona como un aceite que engrasa todo tipo de intercambios económicos y sociales. Cuando existe confianza, las cosas simplemente fluyen mejor. Un empresario que necesita ampliar su nave puede conseguir un contacto fiable gracias a otro colega. Una pequeña empresa tecnológica encuentra en la universidad local no solo el conocimiento, sino las ganas reales de colaborar. Un proyecto de dinamización comercial sale adelante porque comerciantes, ayuntamiento y asociaciones trabajan codo con codo en lugar de mirarse de reojo durante los actos protocolarios.
Pero bajemos esto un poco más al suelo. María es propietaria de una pequeña empresa agroalimentaria familiar de conservas vegetales. Cuando necesitó modernizar su línea de envasado, no tuvo que buscar financiación a ciegas. A través de la asociación de empresarios pudo obtener un préstamo con agilidad. Más tarde, cuando uno de sus mejores clientes quebró, esa red fue precisamente la que le dio trabajo durante los meses difíciles. Hoy forma parte de un grupo informal que se reúne cada mes para compartir experiencias y problemas comunes. En concreto, acaban de contratar un asesor en digitalización que no podrían permitirse por separado. Esto no es una idea abstracta para dar una charla motivacional, es capital social aumentando las ventas por internet.
Esa confianza no se construye de la noche a la mañana. Cuesta mucho crearla y muy poco destruirla. La desconfianza generada por rencillas históricas, promesas incumplidas o por recelos varios envenena el ambiente. Construir confianza cuesta años demostrando día a día que las palabras van respaldadas por hechos. Si uno lo mira bien, la desconfianza es como un impuesto alto e invisible que complica y encarece cualquier proyecto colectivo. Por el contrario, cada iniciativa conjunta exitosa refuerza los vínculos y sienta precedentes que facilitan futuras cooperaciones. Es como un músculo que se fortalece con el ejercicio.
Un aspecto especialmente valioso del capital social es su capacidad para hacer circular el conocimiento. Cuando existe una buena red de relaciones, la información fluye de manera natural. Si un empresario descubre una oportunidad interesante en un mercado nuevo, lo comenta con sus colegas tomando cañas. Si una empresa implementa una mejora técnica ingeniosa, otras pronto se enteran y adaptan la idea. Este efecto multiplicador del conocimiento es crucial cuando innovar y adaptarse rápido marca la diferencia.
La experiencia europea está llena de ejemplos que confirman esta dinámica virtuosa. Los distritos industriales del norte de Italia deben buena parte de su éxito económico a las densas redes de cooperación entre pequeñas empresas que comparten conocimientos, innovan juntas y se echan una mano cuando las cosas se tuercen. No tienen petróleo ni grandes multinacionales, pero sí una cultura de colaboración construida durante décadas que les ha permitido alcanzar niveles de prosperidad notables.
Para los territorios de escala media o pequeña, este capital social resulta absolutamente crítico. Una comarca o una ciudad de unos miles de habitantes no puede basarlo todo en incentivos fiscales a grandes empresas. Su baza es estimular respuestas inteligentes y colaborativas que sin duda requerirán recursos humanos y físicos de fuera, pero que deben integrarse desde dentro. Es la diferencia entre esperar a Míster Marshall o construir activamente tu propio modelo de desarrollo local.
Pero mucho cuidado, porque el capital social se parece al colesterol: que hay del bueno, pero también del malo. El malo son esas redes cerradas donde todo el mundo se conoce, pero las oportunidades circulan siempre entre los mismos y cualquier forastero lo tiene muy difícil para entrar o cualquier local se vuelve forastero una vez ha salido. Esto lo conocemos muy bien y sabemos cómo acaba: en clientelismo. Si al final el pastel se reparte siempre entre los mismos, se acaba ahogando el dinamismo del territorio. Así que el clientelismo es la obstrucción de las venas del circuito del desarrollo ¿Se nos ocurren ejemplos cercanos?
El capital social bueno, en cambio, es abierto e inclusivo. Conecta no solo a los de siempre sino también a gente de distintos sectores, generaciones y procedencias. Una comarca que integra bien a las personas que llegan de fuera, que facilita el relevo generacional en las empresas, que tiende puentes entre la vieja industria y las nuevas iniciativas tiene muchas más papeletas para adaptarse y para salir adelante.
Porque el problema es que, en estos momentos, permanecer inmóviles no es una opción: pensemos en temas como la transición ecológica, la digitalización o el envejecimiento demográfico. Ninguna empresa ni institución puede abordarlos por sí sola. Si una región quiere desarrollar una economía circular seria, necesitará que empresas de sectores diferentes cooperen para aprovechar residuos y subproductos. Si aspira a que sus pequeñas empresas se digitalicen de verdad, tendrá que hacer remar juntos a centros tecnológicos, asociaciones empresariales y administraciones. Porque el capital social en el fondo no es más que una medida de la capacidad de acción colectiva.
Por eso las mejores estrategias de desarrollo son las que vienen de procesos donde empresarios, sindicatos, asociaciones vecinales, universidad y administraciones varias se sientan juntos, discuten, negocian y acuerdan prioridades compartidas ¿Suena algo utópico? Pues es, y cada vez más, una condición necesaria. Si el dicho dice que “donde hay confianza da asco”, lo que estoy diciendo es que, si no existe un mínimo de confianza mutua, no es posible que una comarca o región se desarrolle por sí misma. O enciendes el motor de la confianza, o te quedas a contemplar la decadencia.
La conclusión general es que el desarrollo local y regional no va solo de dinero o infraestructuras. Va sobre todo de crear y mantener el tejido social e institucional, pero sin caer en el yo-mi-me-conmigo. Aquellos lugares que invierten tiempo y recursos en construir confianza, fomentar colaboración y tejer redes abiertas están creando las condiciones para el crecimiento. El capital social ni aparece en las estadísticas ni cotiza en bolsa, pero puede ser el activo más valioso con el que cuenta un territorio. Quizá sea difícil de medir, pero todos vemos sus manifestaciones en comarcas y regiones. Cultivarlo debería ser una prioridad para cualquier comunidad que aspire a prosperar. En muy resumidas cuentas, el desarrollo se construye entre todos o no se construye. Hace falta pegamento, pero cuidado con que sea del bueno.
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