
Hay días en los que una tiene la cabeza como un cajón de cables: pensamientos enredados, tareas pendientes, emociones sin etiquetar y una frase dando vueltas como una mosca pesada: «Se me olvida algo». Y entonces aparece una herramienta sencilla, casi doméstica, pero con más poder del que aparenta: la lista.
La lista parece poca cosa. Una fila de palabras, un inventario, «comprar pan, llamar al médico, pensar un par de veces antes de contestar a los mensajes...». Pero en realidad es una manera de ponerle borde al caos.
Mucho antes de que llenáramos agendas, pósits, libretas bonitas y notas del móvil, Sei Shōnagon, escritora japonesa del siglo X y dama de la corte imperial, ya estaba haciendo listas. En El libro de la almohada, no enumeraba tareas productivas ni objetivos trimestrales, hacía algo mucho más interesante: escribía listas de cosas elegantes, cosas odiosas, cosas que daban vergüenza, cosas que emocionaban o cosas que hacían latir deprisa el corazón.
Es decir: no ordenaba la agenda, ordenaba la mirada.
Y ahí está la maravilla.
Porque una lista puede ser una forma de escritura emocional muy poderosa. No siempre tenemos ganas de escribir una página entera sobre lo que nos pasa. A veces estamos cansadas. A veces no sabemos ni por dónde empezar. A veces lo que llevamos dentro viene sin introducción, nudo y desenlace. Viene hecho una bola, con el moño torcido y ganas de morderle al primero que se nos cruce por delante.
Pero una lista sí podemos hacerla.
Lista de cosas que me pesan.
Lista de cosas que me devuelven la alegría.
Lista de frases que ya no quiero decirme.
Lista de personas con las que respiro mejor.
Lista de lugares donde mi cuerpo deja de estar en guardia.
Lista de pequeñas tonterías que me salvan el día.
La lista no exige belleza ni pide escribir bien. No se sienta delante de ti con gafas de profesora y bolígrafo rojo. Solo necesita palabras, fragmentos, miguitas o pequeñas verdades.
Además, las listas tienen algo profundamente liberador: permiten sacar sin tener que explicarlo todo. Y eso, para muchas mujeres, es casi revolucionario. Porque vivimos acostumbradas a justificar lo que sentimos, a presentar pruebas, a pedir perdón por estar cansadas, enfadadas o tristes.
En una lista puedes escribir: rabia, cansancio, mi madre, el ruido, la culpa, las cenas familiares, tener que poder con todo... Y ya está. La página no te interroga, no pone cara rara, ni siquiera te dice que exageras.
Una lista también revela patrones. Cuando escribes lo que te agota, puede aparecer una verdad con bata de andar por casa: casi todo tiene que ver con complacer. Cuando escribes lo que te da vida, quizá descubres que necesitas más silencio, más risa, más cuerpo, más tardes sin ser útil.
Sei Shōnagon lo sabía: enumerar también es mirar con atención. Y mirar con atención, a veces, es el primer gesto de libertad.
Así que no esperes a tenerlo claro.
Empieza una lista.
Aunque sea con esta frase:
«Cosas que ya no quiero seguir tragándome».
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