
Dejamos atrás el año 2025, con cifras que vinculan la soledad con el aumento en el riesgo de padecer una demencia (31%). Los expertos refieren que se trata de un factor crítico tanto para el riesgo de padecer este tipo de enfermedades como un acelerador en su progresión.
CEAFA, Confederación Española de Alzheimer, analizó en octubre de 2025, como el aislamiento social agrava el deterioro cognitivo y afecta gravemente la salud mental de los pacientes. La demencia no es una consecuencia inevitable del envejecimiento. Los estilos de vida y, en especial el contacto social, pueden modular el riesgo de desarrollar o retrasar su aparición. Los geriatras presentes en esta convención, destacaron el aumento de hogares unipersonales en España (28%). La soledad no deseada se encuentra especialmente entre mujeres mayores de 65 años y se ha convertido en una epidemia global, silenciosa, que afecta a miles de personas de todas las edades, género y niveles socioeconómicos.
El contacto social puede ser una herramienta preventiva. Estudios recientes apuntan que la participación en actividades sociales, el mantenimiento de las relaciones significativas y el sentido de pertenencia pueden prevenir o retrasar el inicio de una demencia. La doctora Gónzalez Glaría, experta en geriatría, subrayó la importancia de asegurar el acompañamiento durante todo el proceso de demencia, tanto para la persona afectada como para su entorno cuidador. La soledad del cuidador también resulta una cuestión que debe ser abordada como un problema que requiere de medidas de atención y recursos específicos.
La soledad no deseada, debe de ser una responsabilidad compartida entre individuos, familias, profesionales del ámbito sociosanitario y administraciones públicas. Necesitamos políticas integrales que promuevan el entorno comunitario, que apoyen el trabajo en red, campañas que sensibilicen sobre el impacto de la soledad en la salud pública.
Para este 2026 que comienza, debemos de incluir en nuestros propósitos de año nuevo, vivir un poquito menos solos, participar de nuestra comunidad y fortalecer los lazos que para nosotros siempre han sido importantes. Reducir el aislamiento nos empodera como sociedad. El apoyo mutuo y la acción colectiva influye positivamente en la capacidad de afrontar los problemas y promueve un envejecimiento activo, para una vida más plena y feliz.
Incorporar este hábito de vida es más sencillo de lo que pueda parecer. Cerca de nosotros tenemos asociaciones, clubes y grupos comunitarios con los que participar. El voluntariado puede ser un buen comienzo para participar en tu comunidad, en pro de la defensa de la salud, de mejorar necesidades de colectivos vulnerables o simplemente, de mejorar nuestro entorno.
No hay que olvidarse de cultivar las amistades y las relaciones familiares, así como los vínculos vecinales. Integrarse activamente en nuestro entorno social, no solo favorece al conjunto de la sociedad, sino que se trata de una inversión directa en nuestra propia salud física y mental.
Aprendamos de los sociólogos clásicos, que ya en el siglo XVIII defendían la importancia de la cohesión social para la salud de las poblaciones o de la propia organización Mundial de la Salud que define a las relaciones sociales como determinantes en nuestra salud mental, ó quizás, solamente hay que recordar un spot publicitario que sonaba en televisión, estas pasadas navidades; “nos necesitamos como el comer”. No lo olvidemos.
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