
Internet nació en la década de los 60, en el corazón de la Guerra Fría, bajo el nombre de ARPANET. Su objetivo, conectar centros de investigación y universidades para compartir recursos y asegurar comunicaciones militares robustas. La posibilidad de compartir datos de manera fragmentada permitió evolucionar este «proto-internet» hacia la sociedad de la información actual, cuya esencia es navegar: un acto de exploración activa donde el usuario busca y accede a páginas creadas por humanos para otros humanos. La evolución de la red ha sido tal que cualquiera con una conexión, fija o móvil, dispone hoy de una puerta de acceso al mundo digital donde no solo alcanza toda la información publicada, sino que tiene la posibilidad de adquirir, vender e intercambiar bienes y servicios, o buscar placer cualesquiera que sean sus filias.
Hasta ahora, internet se ha movido en torno a la economía del conocimiento compartido y al tráfico que éste genera. Sin embargo, en la actualidad y sin hacer ruido, la red está sufriendo una mutación silenciosa pero irreversible. El acto de «navegar», que hasta hace poco implicaba una voluntad de búsqueda y un discernimiento entre múltiples fuentes, está siendo sustituido por el consumo de respuestas, fruto de la introducción de la grandes capacidades de análisis de datos de la Inteligencia Artificial que precisamente ha utilizado toda la información publicada en internet para su proceso de aprendizaje. Algunas empresas de ciberseguridad establecen que más del 50% de todo el tráfico de internet proviene de bots; robots digitales que exploran e indexan toda la información de la Web por nosotros. Estas capacidades potencian la experiencia de navegación si el usuario la usa como herramienta y no como sustituto, pero el diseño actual empuja al consumo pasivo, transformando al antiguo curioso en un mero consumidor.
Con la integración masiva de la Inteligencia Artificial en el núcleo de la red, ya no necesitamos saltar entre enlaces ni contrastar artículos en un buscador; la máquina lo hace por nosotros, entregándonos un producto masticado, sintetizado y, a menudo, carente de contexto. El buscador, que antes nos invitaba a explorar el mundo, se está convirtiendo en un oráculo cerrado que no nos invita a salir a la red, sino a quedarnos dentro de su propia interfaz.
Esta metamorfosis tiene sus primeras víctimas en los grandes medios de comunicación. La irrupción del «modo IA» en algunos buscadores ha provocado un desplome histórico en el tráfico de la prensa digital, implicando importantes mermas en su cuenta de resultados, ya que como hemos dicho antes viven del tráfico que generan. Estas herramientas generan resúmenes directos de noticias sin que el usuario necesite hacer clic en los medios originales. Los periódicos están viendo cómo su modelo de negocio se desmorona, no por falta de interés en sus noticias, sino por el «robo de tráfico» que ejecutan los nuevos modelos de lenguaje. Dándose la paradoja de que estamos asfixiando la fuente misma de la que la IA se nutre. Estamos matando a la gallina de los huevos de oro para alimentar a un algoritmo que, el día que los medios desaparezcan, no tendrá nada nuevo que resumir excepto sus propios ecos vacíos.
Esto no se limita a los medios de comunicación, empieza a suceder en otros aspectos de nuestro consumo diario de internet (planificación de viajes, visionado y edición de videos y fotografías, creación de contenidos) donde la posibilidad de la individualidad de lo consumido está reduciendo el nicho para nuevas propuestas empresariales.
La muerte de internet no vendrá de un apagón tecnológico, sino de una paradoja de eficiencia: en nuestro afán por obtener respuestas más rápidas, estamos destruyendo el ecosistema de preguntas que lo creó.
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