
La Guerra de Irán empezó el 28 de febrero y va para largo, o al menos eso parece. Los EEUU de Trump actúan, una vez más, completamente al margen de sus aliados tradicionales de la OTAN. Israel, por su parte, tiene una política cada vez más agresiva con sus vecinos, con operaciones militares simultáneas en Irán, Líbano y, en menor grado, Siria. E Irán, el país atacado, aislado internacionalmente en lo que a defensa se refiere, solo cuenta con el apoyo paramilitar de Hezbolá en Líbano y los hutíes en Yemen. Todo esto arroja un panorama en el que Irán no puede vencer, por lo que las dudas estriban en cuánto tiempo será capaz de resistir y en si el conflicto escalará todavía más en la región.
La razón del ataque, según EEUU e Israel, es que Irán y su programa nuclear amenazan la seguridad de estos dos países y del mundo en general. No creo que haya mucha gente en que de verdad piense que Irán constituye un «riesgo inminente» para EEUU. En junio del año pasado, tras una operación aérea, Trump dijo haber retrasado varias décadas el programa nuclear iraní, algo que ahora parece haber olvidado. En el caso de la nación hebrea, la cosa es diferente. Si bien a diferencia de Israel, Irán no tiene armas nucleares, sí que es una potencia balística, y la proximidad entre ambos estados permite, como ya se ha visto, lanzamientos de misiles. Por lo tanto, cabe analizar qué otras razones, amén de las presiones israelíes y de la comunidad judía norteamericana, han llevado a EEUU a iniciar esta guerra. Y dado el historial que tiene EEUU en «intervenir» en países que producen petróleo (Irak, Siria, Venezuela…), es difícil pensar que los tiros no vayan por ahí.
Irán es un país de 93 millones de habitantes (casi el doble que España), 1,6 millones de kilómetros cuadrados de superficie (el triple que España), un PIB de 370.000 millones de dólares (no llega a la cuarta parte del español) y un presupuesto en Defensa de 8.000 millones de dólares (la quinta parte del español). Obviamente, EEUU e Israel no se plantean conquistar Irán, sino simplemente, tal y como vienen declarando, hacer caer su régimen y forzar la implantación de otro nuevo, afín a sus intereses geopolíticos.
De hecho, un Irán amigo de EEUU e Israel no es algo que la historia reciente desconozca, aunque empieza ya a hacer demasiado tiempo de eso. Si echamos un vistazo al papel geopolítico de la nación persa, veremos que ha ido dando bandazos, como poco, desde la Segunda Guerra Mundial: de la colaboración con Hitler pasó a la amistad con los británicos, de ahí a una efímera mayor aproximación al mundo socialista, luego a una alianza férrea con EEUU y finalmente a una hostilidad abierta contra norteamericanos e israelíes, acercándose a Rusia y China cada vez más.
Irán no es un país árabe, sino persa, es decir, indoeuropeo. Fuerte imperio durante milenios, perdió su papel de potencia regional progresivamente. Así, llegó al siglo XX sumido en la irrelevancia geopolítica a causa de su atraso tecnológico. Dentro del mundo islámico, es el único Estado junto a Irak en el que la mayoría de la población es chií, minoría religiosa que también está presente en países como Líbano, Siria y Yemen. Desde muy pronto, Irán rivalizó con otras potencias presentes en la región, como Turquía, Reino Unido (que tras la Primera Guerra Mundial además de la India y Pakistán controlaba también el vecino Irak), la URSS y, andando el tiempo, Israel, EEUU y Arabia Saudí.
Tras haber invadido la URSS en 1941, Hitler intentó lograr una alianza con el emperador, o Sah, Reza Pahleví, un general que dominaba el país tras haber llegado al poder mediante un golpe de Estado. Fundamentalmente lo que interesaba a Hitler de Irán era su petróleo, cuyo abastecimiento era el gran talón de Aquiles del Tercer Reich. Como consecuencia de ello, británicos y soviéticos invadieron Irán y obligaron al Sah a ceder el trono a su hijo, Mohammad Reza Pahleví, quien pasó a colaborar con estas dos potencias.
Tras la Segunda Guerra Mundial, se consolidó en Irán una monarquía parlamentaria, bajo la cual llegó a la jefatura del Gobierno un hombre llamado Mohammad Mossadeq, con un gran proyecto para modernizar Irán bajo el brazo. Apoyado por el Partido Tudeh, es decir, los comunistas iraníes, Mossadeq intentó nacionalizar el petróleo, algo que chocaba frontalmente con los intereses británicos, pues controlaban su extracción en el país. En 1953 un golpe de Estado en el que colaboraron el MI6 británico, la CIA y el propio Sah, derrocó a Mossadeq, mantuvo el petróleo en manos británicas y estableció una monarquía absoluta en Irán.
Llegaron ahora los años maravillosos para el Sah y los intereses occidentales en la región. Mohammad Reza reprimió a los comunistas, que gozaban de enorme popularidad y amenazaban con poner a Irán en la órbita soviética, y estableció una dictadura laica cada vez más europeizada. El crecimiento económico convirtió Irán en un país cada vez más próspero, que llegó casi a triplicar su PIB per cápita en 25 años. Este desarrollo se vio impulsado por la llamada «Revolución Blanca», con la que el Sah trató de modernizar el país, siguiendo un modelo occidentalizante y que debilitaba a los sectores tradicionales opuestos al régimen. Una de las cosas que diferencian a los musulmanes chiíes de los suníes es que los primeros, a diferencia de los segundos, sí que tienen una poderosa casta sacerdotal, comparable a la de la Cristiandad católica, donde destacan los ulemas o estudiosos de la ley islámica. Pues bien, al expropiar las tierras de los ulemas, el Sah se ganó una animadversión todavía mayor por parte de la élite clerical. Aliado de Israel y EEUU, su impopularidad iba en aumento, y cuando llegó la recesión económica a partir de 1976, la ira fue incontenible.
En 1979 la Revolución Islámica, liderada por uno de los clérigos chiíes de mayor rango, el ayatollah Jomeini, derrocó al Sah, a pesar de los intentos de EEUU por mantenerle en el poder. La República Islámica de Irán nació así con un odio eterno tanto al «Gran Satán» (EEUU) como al «Pequeño Satán» (Israel). A nivel interno, la islamización de la vida junto a la represión sistemática de la oposición, han creado una dictadura asfixiante. El poder está en manos de una élite clerical, dirigida por un líder supremo (hasta su asesinato Alí Jamenei, sucesor de Jomeini) y que tiene en la Guardia Revolucionaria Islámica el mayor baluarte de defensa del régimen, frente a cualquier amenaza interna o externa. En política exterior, la intención declarada de borrar del mapa a Israel le ha llevado a apoyar siempre la causa palestina, frente a la actitud tibia al respecto que han mantenido otros países islámicos como Emiratos, Bahréin, Jordania o, sobre todo, Turquía y Arabia Saudí, que son los dos mayores rivales geopolíticos de Irán en la región. Hago aquí un incisio, y siento decepcionar a algunos lectores pero, no, no todo lo que pasa en Oriente Medio responde a un juego sibilino de poderes oscuros con sede en Washington y Tel Aviv. Hay más actores en juego y tienen su protagonismo.
El mundo islámico vio de forma bastante clara como Irán trataba de convertirse en el líder del llamado «Eje de la Resistencia» en la región, con sus tentáculos en Líbano (la milicia chií Hezbolá), Yemen (los rebeldes hutíes), Palestina (Hamás) y, hasta su derrocamiento, el régimen de Bashar al-Ásad en Siria, todo ello con el apoyo exterior de Rusia y los vínculos comerciales con China.
Señalando a EEUU y a Israel como enemigos, era previsible que este Eje tuviera cada vez más apoyos en la región, en vista del aniquilamiento que Israel está llevando a cabo sobre la nación palestina. Por eso, países como Emiratos o Arabia Saudí (en guerra contra los hutíes), ven mucho más peligro en Irán que en los propios EEUU o Israel, con quienes tienen lazos de amistad o colaboración.
Sin embargo, y a pesar de toda la vehemencia proyectada contra los enemigos extranjeros, a nivel interno el régimen nunca dejó de tener una gran oposición. Muchas mujeres, tras haber saboreado la relativa igualdad del periodo laico, no han aceptado de buen grado la restricción de sus derechos y libertades que supone la rígida aplicación de la Sharía o ley islámica por el régimen, e Irán cuenta hoy con uno de los movimientos feministas más activos y potentes del mundo. Las izquierdas, aunque sistemáticamente reprimidas, mantuvieron su fuerza en un mundo persa que siempre ha mirado con interés a la URSS, a Europa y a China. Y por último, aunque con muy pocos apoyos internos, existe también una propuesta, la favorita de EEUU e Israel, que restablecería en el trono a la occidentalizada dinastía de los Pahleví.
Viendo que el régimen, asediado por la oposición interna y las amenazas externas, tenía difícil su supervivencia, se embarcó desde hace años en un programa nuclear. Teóricamente, el objetivo era lograr energía con fines civiles. Sin embargo, en las últimas décadas el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), había detectado instalaciones secretas y niveles de enriquecimiento de uranio que solo pueden responder a fines militares, lo que hizo saltar todas las alarmas. En 2015 un acuerdo entre Irán y Obama, con el respaldo de Rusia y China entre otros, retiraba sanciones comerciales a la República Islámica a cambio de que se limitara el enriquecimiento de uranio. Sin embargo, en 2018 Trump decidió unilateralmente romper el acuerdo, con lo que Irán reanudó su investigación para lograr la bomba atómica.
Podemos especular que la Administración Trump pudo prever fácilmente que si volvía a estrangularse comercialmente a Irán, se reanudaría el programa nuclear. Sería así posible que el plan de atacar Irán ya estaba en su agenda en 2018. Desde diversos sectores políticos estadounidenses, incluidas las propias filas republicanas, se ha apuntado que el ataque a Irán responde a presiones israelíes y, en menor medida, saudíes. Sin embargo, no hay que olvidar que desde la Presidencia de George W. Bush existió una potente campaña dentro de la derecha norteamericana, encabezada por quien fuera su Subsecretario de Estado para la Seguridad Internacional, John Bolton, pidiendo sin demasiados miramientos «bomb Iran».
Así pues, si desconfiamos de que la amenaza iraní pese tanto como para decantar la decisión de Trump, debemos barajar otros factores. Y es aquí cuando todos los caminos llevan a China. Daré algunos datos: en 2014 China alcanzó a EEUU en PIB medido en PPA (Paridad de Poder Adquisitivo), y está previsto que en 2045 le supere en PIB en dólares, convirtiéndose así en la primera potencia mundial y desbancando al gigante americano. Esto ocurrirá si ambos países siguen la tendencia de crecimiento que llevan desde hace ya bastantes décadas. Sin embargo China, como toda potencia, tiene sus puntos débiles, y el mayor de ellos es el petróleo. China no produce apenas hidrocarburos, y es el segundo país que más petróleo consume en el mundo. En el año pasado, China compró a Irán el 14% del petróleo que importó, lo cual supuso el 90% de la exportación de crudo iraní. Por cierto, China también compraba en 2025 el 80% del petróleo venezolano. Ya hemos visto que EEUU se ha tomado muchas molestias para acabar con estos dos Gobiernos desde que empezó el año. ¿Las razones de la invasión? Son varias, ya hemos visto. Pero podemos apostar que debilitar a China es una de ellas. En el próximo número se abordará de forma más profunda el papel de China en este nuevo orden mundial.
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