
Un casco histórico no se muere el día que se descuelga una cornisa. Se muere cuando desaparece la rutina: cuando ya nadie barre el umbral, cuando las persianas se quedan bajadas todo el año, cuando una gotera no tiene a quién molestar. En el Bajo Aragón Histórico esa necrosis es silenciosa y repetitiva: casas vacías, servicios que se apagan por falta de demanda, calles que dejan de ser calles para convertirse en decorado.
Juan A. Laguéns afronta ese problema con una doble visión: profesional y académica. Es profesor asociado en el Departamento de Ingeniería de Diseño y Fabricación, en el área de Expresión Gráfica en la Ingeniería, en la Universidad de Zaragoza. También es arquitecto por la Universitat Politècnica de Catalunya y cuenta con un máster universitario en Gestión del Patrimonio Cultural (2015). Ejerce como profesional independiente desde 1999, es socio fundador de Laguéns Arquitectos Asociados y fue el responsable de la Oficina Técnica de Información y Asesoramiento Urbanístico de la Comarca del Matarraña.
P. Si tuvieras que resumirlo en una idea: ¿qué futuro le espera a los cascos antiguos?
R. Los cascos viejos sólo perdurarán si se adaptan para poder seguir viviendo en ellos. Y eso implica aceptar que tienen que adaptarse a los estándares actuales de vivienda sin perder su idiosincrasia. Si pretendemos que todo quede como hace cien años —huecos pequeños, escaleras imposibles, alturas mínimas—, la gente no volverá.
P. ¿Transformar no es perder autenticidad?
R. No. Es renovarse para no morir, todo cambia. Igual que no vamos vestidos como hace cincuenta años. Son preferibles pequeñas adaptaciones bien integradas, conservando la estructura del casco, a que se produzca su abandono paulatinamente, y terminemos condenándolo a transformarse, antes o después, en algo abandonado y ruinoso que ya solo quepa derribar.
P. ¿Puedes poner un ejemplo concreto de esa adaptación que hoy genera conflicto?
R. Las placas solares. En muchos cascos protegidos están prohibidas, pese a haberse convertido en un estándar de sostenibilidad. Tal vez autorizarlas en un pequeño número, cuidando la ubicación, ordenadas…
P. Si tuvieras que hacer un diagnóstico de los cascos urbanos del territorio, ¿qué síntomas se repiten pueblo tras pueblo?
R. El principal es el abandono en el que se encuentran muchos cascos viejos. Empiezan a carecer de un mínimo de habitantes. Y a partir de ahí, la escasa demanda social paraliza la oferta de infraestructuras y servicios necesarios.
P. Los políticos suelen decir que «están salvando» cascos históricos. ¿Qué sería “salvar” de verdad?
R. La salvación es que sean habitados. Ha habido líneas de ayuda enfocadas a la rehabilitación de vivienda para que pueda renovarse el parque de viviendas. Derribos puntuales en zonas ya muy degradadas han permitido incluso la construcción de nuevas viviendas respetuosas con la estructura urbana existente.
P. A lo largo de tu carrera, ¿has sentido alguna vez ese «llegamos tarde»?
R. Puede darse el caso que a la hora de intervenir en un edificio, éste presente ya patologías insalvables. Sobre todo cuando estuvieron abandonados sin uso y nadie ha ido cuidándolos. Pasa con las cubiertas, por ejemplo: se desploman apareciendo huecos por donde entra el agua y el daño empieza a ser progresivo.
P. ¿Hasta qué punto el uso es la clave?
R. Si nadie está viviendo dentro, difícilmente reparará los pequeños daños.
P. En municipios con poca estructura técnica, ¿qué puede resolver de verdad un plan, un catálogo, unas ordenanzas?
R. Una primera actuación puede ser el registro real de la situación de cada inmueble, casa por casa. No solo mirar catastro: ir a verlas de verdad. Tener el plano del casco y poder decir: «esta está en el suelo», «esta se va a caer», «esta está abandonada». Y si puedes, localizar a sus propietarios. Permite plantear estrategias contando con los propios vecinos. En un casco pequeño, eso es viable y cambia la capacidad de intervenir.
P. Más allá del abandono, hay otro freno: propiedad fragmentada, herencias, muchos dueños…
R. Es un drama. A veces un Ayuntamiento quiere adquirir casas para plantear una intervención, pero hay tantos herederos que es dificilísimo. Y cuando una casa se va a caer y nadie se hace cargo, se puede derribar de oficio, pero luego hay que repercutir el coste en el registro de la propiedad lo cual lastra todavía más su futura compra y transformación
P. Hablemos de palancas: ¿qué funciona para activar vivienda en casco viejo? ¿Ayudas, incentivos, compra pública selectiva…?
R. Las ayudas pueden estar bien, pero cada vez son más correosas burocráticamente. El propietario debe adelantar el dinero y se tarda demasiado en restituirle el porcentaje subvencionado. Eso en muchos casos, supone una carga adicional de financiación que muchos no pueden en principio permitirse.
P. ¿Qué actuaciones ‘pequeñas’ devuelven vida sin convertir el casco en un parque temático?
R. La clave, para mí, es ‘esponjar’: operaciones quirúrgicas que crean espacios públicos atractivos para ser habitados a su alrededor. Esos espacios pueden dinamizar también económicamente el barrio al aparecer pequeños comercios asociados a ellos.
P. Otro tema que preocupa: los oficios tradicionales. ¿Hay mano de obra para rehabilitar?
R. Hoy aún hay albañiles de la vieja escuela y existe una pequeña nueva hornada que ha aprendido con ellos. El problema será en diez o quince años: esa generación se jubila, apenas hay relevo, y se va a perder gran parte del buen hacer acumulado. Podemos acabar proyectos sin que quede nadie para ejecutarlos, con listas de espera para su realización y precios marcados por la escasa oferta y la alta demanda.
P. ¿Dónde está el pulso real con los Bienes de Interés Cultural?
R. Muchas veces el pulso está en la excesiva burocracia y en la incertidumbre que eso genera. Un BIC exige un proyecto y autorización de las Comisiones de Patrimonio, corriendo los propietarios con los gastos en su mantenimiento. Eso desespera y frena a los propietarios. En muchas ocasiones se es muy estricto con los particulares y laxo con las condiciones de los proyectos institucionales.
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