En menos de mes y medio Aragón afrontará por vez primera un adelanto para sus elecciones autonómicas. El presidente del Gobierno de la Comunidad, Jorge Azcón, ha decidido poner en manos de los electores antes de tiempo, el 8 de febrero de este nuevo año, el equilibrio político de un territorio que, si hemos de ser sinceros, no las demandaba. No hay ninguna emergencia política, ni económica, ni institucional, que obligase a Azcón a pasar una reválida en las urnas. Cierto es que la DGA no tendrá presupuestos para este año 2026; no han tenido mucha prisa ni el PP ni Vox siquiera por entablar una negociación para sacar adelante esas cuentas.
Así que hay dos elementos clave. El argumentario mediático base dice que uno es consecuencia del otro: como no hay presupuestos en Aragón, a elecciones. Pero cabe realmente preguntarse si la correlación es tan clara o, más bien, lo que pasa es que conviene mandar Aragón a las urnas y, para ello, nada mejor que escenificar un desacuerdo presupuestario. Entre otras cosas, porque no hay mejor momento que el actual para funcionar con unos presupuestos prorrogados, con la Comunidad en máximos de actividad económica y empleo, y una buena dosis de recortes en los principales servicios públicos que es pura vitamina para que las cuentas no se desmadren.
Esto es. Llevar Aragón a unas elecciones rompe pocos platos (siempre y cuando no se necesite ir mucho al médico). Y, a cambio, puede dar un vuelco histórico, desconocido, en el equilibrio parlamentario de una región caracterizada por una dosis de pluralismo bastante mayor de la que se estila en otros territorios vecinos. Hasta la fecha, Aragón no es Cataluña ni el País Vasco. Tampoco es Castilla, ni Extremadura. Aragón funciona como virreinato matizado, dominio de los partidos de ámbito estatal con una capacidad de influencia, mayor o menor en función de cada ciclo político democrático, de los diversos partidos de ámbito aragonés que han ido sucediéndose en el Pignatelli y la Aljafería.
Pero algo están viendo los responsables del Gobierno de Aragón en estos dos últimos años, el Partido Popular del presidente Azcón y el apoyo externo del partido Vox, liderado por el turolense Nolasco, que barruntan que la mesa salta para este ciclo. ¿Hay síntomas? Ciertamente, sí. El primero de ellos se ha visto, se ha resaltado, se ha magnificado convenientemente y los poderes mediáticos pretenden elevarlo todo lo posible hasta las puertas de La Moncloa: las elecciones extremeñas le han pegado un bofetón sonoro y contundente al Partido Socialista y a su líder, secretario general y presidente del Gobierno Pedro Sánchez en rostro interpuesto, el de su candidato en Extremadura.
El segundo síntoma, no tan evidenciado, aunque probablemente más evidente, también dejó ver su versión más actualizada en la región extremeña. Con una abstención cercana al cuarenta por ciento, las elecciones de esa región anticipan lo que parece ser un ingrediente con visos de quedarse en los menús electorales españoles a corto y medio plazo; la mitad del electorado no siente nada por ninguna de las opciones políticas sobre la mesa. Cómo estará la cosa, que hasta el mensaje del Rey Felipe VI en la Nochebuena hogareña habló sin tapujos de una “crisis de confianza en la democracia española que afecta al ánimo y a la credibilidad de las instituciones”. Pide “empatía, ejemplaridad y diálogo”. La solución es todo lo ambigua que debe ser Zarzuela. El diagnóstico no lo fue en absoluto.
PSOE en mínimos, y abstención en máximos. Cóctel explosivo y receta ganadora para que Aragón calque dentro de poco más de un mes un resultado como el de Extremadura que fue, básicamente, un refuerzo de los dos partidos que auparon el mandato de la presidenta Guardiola. Probablemente los cuarteles generales de PP y Vox en Madrid y sus sucursales en Zaragoza manejen todo tipo y panoplia de encuestas que caminen en esa dirección. Y que ese toque levemente diferencial de la Comunidad Aragonesa incluso les favorezca lejos de perjudicarles. Azcón sabe que no tiene rival en la ministra sanchista Pilar Alegría, que no solamente no tiene la talla del malogrado Javier Lambán, sino que pagará con casi toda seguridad el hecho de ser guardiana del presidente más incluso que su compañero extremeño.
Y Azcón sabe también que las cosas en la tierra noble funcionan mucho en el cara a cara, y que desde el Sobrarbe hasta Javalambre se votan caras incluso más que siglas. La suya moverá más sufragios que la de sus rivales. Para los apoyos que necesitará su investidura, el presidente en funciones sabe que podrá volver a confiar en sus vigilantes de Vox, que son los únicos que no necesitarán ninguna cara, ni bonita ni fea, para asegurarse su buen puñado de escaños. Podrían presentar tranquilamente a un semáforo de la Avenida Aragón, que se convertiría sin problema en vicepresidente o consejero de la despoblación (que, en efecto, es lo que consiguieron durante su año dentro del ejecutivo aragonés). Y apoyarán sin problema al presidenciable popular. No habrá sustos en este sentido, ni el objetivo de esos comicios es separar los caminos de ambos partidos.
Pero, a todo esto, ocurre que en Aragón se presentan bastantes más caras que en Extremadura.
Y a lo mejor, en función de cómo quedan en las fotos esas caras, estas elecciones aragonesas de febrero cuentan alguna historia más que un sesenta por ciento de votos a la derecha. En Extremadura cuatro de cada diez no fueron a votar. Sólo podían elegir entre derecha de variado pelaje, Pedro Sánchez y una candidatura de izquierda que pudo cazar apenas un tercio de los escaños perdidos por el PSOE: En Aragón hay más siglas con cierto pedigrí, que van oscilando de izquierda a derecha y también del aragonesismo al españolismo.
En función de la capacidad y la habilidad de sus candidatos para ir saliendo bien en las fotografías en estas cinco semanas de campaña, Azcón gobernará un nuevo periodo de tiempo, más o menos largo. Pero con diversa marejada inferior que, entre otras cosas, podrá tener tiempo para ir empezando a trabajar una oposición a PP y a Vox capaz de sacudirse la envenenada tutela del sanchismo y su coalición de socios a los que cada vez les cuesta más, en lo moral y en lo contante y sonante, no dejar caer el frágil equilibrio de Moncloa.
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