
Nuestra preocupación por la escalada bélica que día a día vemos acelerarse en nuestras pantallas está justificada. La potencia hegemónica desde los últimos 30 años, EE. UU, ha intensificado recientemente la política de saqueo y extorsión como la fiera acorralada que ve peligrar su estatus. Y es que, en un mundo capitalista totalmente repartido entre unas y otras potencias, la lucha por controlar recursos, mercados y lugares geoestratégicos puede desembocar en una guerra imperialista generalizada en cualquier momento.
Partimos de que el imperialismo como sistema global necesita extraer los recursos y dominar las rutas y mercados de terceros países en beneficio de los monopolios. Los intereses de los distintos monopolios son defendidos por todos los medios ya sean diplomáticos o militares, pero hasta hacía poco este funcionamiento se realizaba de una forma más o menos velada por parte de la potencia norteamericana de cara a sus «aliados» europeos, que mantenían una retórica democrática y legalista. Las excusas ya manidas de motivos anticomunistas y por la libertad, fueron dando paso a otros como la democracia, las armas de destrucción masiva, el terrorismo o la «seguridad nacional». En todo caso y como ya demostraban los hechos entonces y los reafirman hoy, eran eso, excusas. Excusas que pretendían ocultar los verdaderos intereses estructurales, y que, como tales, no dependen de uno y otro presidente dentro de la Casa Blanca ni en ningún otro país. Esto es algo importante de comprender, porque el turnismo yanki entre demócratas y republicanos no cambia los intereses generales de sus clases dominantes, y el histriónico hombrecito naranja, aunque en sus formas parezca un outsider, en el fondo sólo cambia la política comunicativa. Si por la impopularidad que se granjea eligen a otro presidente en las próximas elecciones, no os esperéis algo muy diferente, defenderá los mismos intereses, los de la minoría de explotadores que de verdad gobiernan su país.
Al otro lado del Atlántico, parece que a los «socios» europeos este cambio de marcha los ha dejado fríos y pone de nuevo en evidencia la alianza capitalista que es la UE, donde cada vez resultan menos creíbles los supuestos intereses «humanitarios» y más obvia la defensa de sus monopolios. Pero lo que no debemos olvidar, es que el mundo ya está repartido y que las pugnas por control de mercados y recursos serán cada vez más peligrosas. Está claro que las principales víctimas son y serán los pueblos, sean directamente agredidos militarmente o simplemente saqueados y expoliados, pero los coletazos también van a alcanzar a Europa.
Pero llegados a este punto, lo interesante será comprobar si las contradicciones internas acaban por destruir la mayor alianza imperialista de la historia como es la OTAN e irremediablemente arrastra tras de sí a la Unión Europea, que no deja de ser otra alianza interimperialista muy ligada en lo militar a la primera.
Y para los que se alegren de este río revuelto, conviene recordar que, sin una alternativa al imperialismo, sin que los trabajadores seamos capaces de imponer nuestros intereses, solo vendrá más muerte y más miseria para los nuestros, mientras entre un puñado de gigantes se pelean por el mayor trozo del pastel, pero usando otras caretas.
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