En tiempos en los que el viejo mundo no ha muerto y el nuevo no ha terminado de nacer es costumbre que, en palabras del Macbeth, lo feo pase por bello y lo bello por feo, dejando así el escenario vacío de héroes y repleto de monstruos o villanos. En nuestro horizonte nublado de posverdad, un político como Olof Palme sería visto como una excentricidad intempestiva, cuando no un producto ingenuo de la proverbial franqueza escandinava. Ciertamente, imaginar a Palme en nuestro teatro de luz cruda y gritos destemplados en la platea es una tarea complicada, sobre todo si se tiene en cuenta el fuste moral y la creencia sincera en la democracia que caracterizaron al personaje.
Nacido en 1927 en el seno de una familia acomodada, Palme fue un representante de ese tipo de políticos suecos que, al igual que el secretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, estaban tan alejados del cinismo de la política de bloques como cercanos a un compromiso indeleble con la descolonización de los imperios europeos. De mirada azul y gesto suave, sereno y cálido como un padre recién salido de una película de Dreyer, Palme fue una figura central en la socialdemocracia europea de las décadas de 1970 y 1980, años plomizos en los que esta corriente ideológica perdió el norte en la estanflación, en el volantazo de Mitterrand en 1984 y en la ruleta de la fortuna del Pasok y de Bettino Craxi.
Última gran figura de la política sueca, Palme fue también un representante típico del Estado de bienestar europeo, al que añadió un toque personal de convicción democrática que lo llevó a la jefatura del gobierno en 1969, año en el que Willy Brandt también accedió a la cancillería germana, empujados ambos a lo más alto por la ventolera de la década de 1960. A diferencia del alemán, Palme se mantuvo en el poder hasta 1976, fecha en que fue derrotado por un repunte del desempleo, la inflación y cierto cansancio de la clase media respecto al modelo sueco que, paradójicamente, la había creado como tal grupo social. Ese hartazgo duró hasta que, en 1982, parte de aquellos que habían votado temiendo que Suecia se convirtiese en un paraíso, pero también en un supuesto infierno impositivo y normativo, decidieron que querían un averno bien empedrado de servicios públicos y solidaridad fiscal antes que el cielo neoyorkino bajo el que Felipe González prefería morir apuñalado a hacerlo de aburrimiento en el Moscú brezhneviano.
❝Palme se mantuvo en el poder hasta 1976, cuando fue derrotado por un repunte del desempleo, la inflación y cierto cansancio de la clase media respecto al modelo sueco que, paradójicamente, la había creado como tal grupo social
Así las cosas, Palme regresó a los mandos del ejecutivo con el apoyo del fuerte sindicalismo sueco y un programa que prometía revertir la relativa austeridad impuesta por Thorbjörn Fälldin. Sorteó como pudo la corriente gélida del neoliberalismo atlántico y dejó un registro en materia de derechos civiles propio de sus convicciones democráticas. No sólo forzó una reducción del poder de los Bernadotte, la familia real sueca que desciende del general napoléonico que la fundó de un sablazo, sino que también dejó aprobadas una nueva ley del divorcio y otra que garantizaba el derecho al aborto. En este empeño supervisó la eliminación de la cámara alta legislativa en 1971. Semejante medida, aprobada por el anterior gobierno socialdemócrata en el que Palme había sido ministro, cambió la política en el reino escandinavo de una manera que sólo puede compararse al choque emocional que produjo su muerte a manos de la Suecia más oscura.
Fue en el exterior, sin embargo, donde Palme construyó el legado que lo hizo célebre en el mundo. Firme creyente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sus gobiernos destacaron en la recepción masiva de refugiados y en un fuerte compromiso con los países no alineados, lo que le llevó a confrontar con el apartheid sudafricano y los crímenes de guerra cometidos por Estados Unidos en el Sudeste asiático.
❝Sorteó como pudo la corriente gélida del neoliberalismo atlántico y dejó un registro en materia de derechos civiles propio de sus convicciones democráticas
En el mundo bipolar de la Guerra Fría, Palme jugó a electrón libre en un planeta imantado por la bomba de hidrógeno. Su política exterior no hizo feliz a nadie en el Kremlin ni en Washington. A este respecto, siguió caminando sobre la línea de la tradicional neutralidad sueca, pero con un componente ético de la que ésta había carecido hasta el momento. Así, para irritación del Departamento de Estado norteamericano, Palme se reunió con Yasser Arafat en 1974 y visitó la Cuba de Castro en 1975, momento en el que el Plan Cóndor estadounidense devoraba el hígado de una América Latina encadenada al Pentágono. Fue el primer jefe de gobierno de la Europa occidental en hacer ambas cosas, y todavía hoy estas fotografías contrastan con las de nuestros representantes doblando la cerviz en Mar-A-Lago.
Y entonces, poco antes de que el muro y el soviet se desintegrasen sobre todas las versiones del socialismo, llegaron las 23:21 del 28 de febrero de 1986. En la calle Sveavägen, cerca de la intersección con Tunnelgatan, Palme, que esa noche caminaba junto a su esposa sin escolta, fue asaltado por una sombra que le dio dos tiros en la espalda. El primero le abrió un boquete enorme, tan grande como la vida. El segundo alcanzó a su mujer, Lisbeth, que vivió para contarlo y ver cómo gran parte del país se sumía en el llanto. Nunca se encontró el arma y casi nadie supo por qué el primer ministro no llevaba protección aquella noche cuajada de pólvora y de huidas en la niebla. Minutos más tarde, el sueño de Estocolmo había trocado en vigilia espantosa e incrédula. Cómo había podido suceder semejante cosa, se preguntó una Suecia conmocionada que no había visto un magnicidio desde los disparos que recibió el último rey absoluto, Gustavo III, en tiempos de la Revolución francesa.
❝En el mundo bipolar de la Guerra Fría, Palme jugó a electrón libre en un planeta imantado por la bomba de hidrógeno
Desde esa misma noche, el asesinato de Palme se convirtió en el gran misterio de Suecia. Varias investigaciones oficiales no han satisfecho nunca el afán de verdad y justicia que la ciudadanía escandinava ha solicitado una década tras otra. La última, cerrada en 2020, cargó la responsabilidad del crimen a un solo hombre, Stig Engström, nacido en 1934 y fallecido en el año 2000. Entrevistado como testigo inicialmente, Engström temía una transición irreversible al socialismo y tenía acceso a las armas. Sus versiones sobre la noche de autos fueron cambiando y ganando inconsistencia con los años, y esa incoherencia, más su aversión política y personal hacia el primer ministro, hizo que se le adjudicase la autoría del atentado.
La herida, sin embargo, parece todavía abierta. Los sospechosos habituales, desde la CIA y el KGB hasta la Sudáfrica del apartheid, han ido desfilando por la mente de la Suecia más progresista como una fiebre que no cesa. Porque Palme fue, dentro de los límites morales en los que se incardina todo jefe de gobierno, un hombre bueno, y lo mataron de un tiro por la espalda para regocijo de ciertos servicios de espionaje a un lado y a otro del muro. Europa se volvió más gris, la socialdemocracia se vistió de capataz de hacienda y hasta Suecia se hizo más fea. Tremolante de pena e incertidumbre, la sociedad escandinava le despidió oficialmente un 15 de marzo de hace cuarenta años. Se apellidaba Palme, fue primer ministro durante diez años y los ciudadanos tendían a llamarle, simplemente, Olof.
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