
En llamas. Ardiendo por los cuatro costados. Absolutamente todo el encofrado que se había publicitado a bombo y platillo respecto a la revolución de las energías renovables que iba a encabezar todo el Bajo Aragón histórico desde las Cuencas Mineras hasta las puertas del Matarraña ha saltado por los aires. El incendio prende fundamentalmente por dos frentes: del lado judicial, todo lo que se inventó la empresa aragonesa Forestalia está bajo sospecha por tráfico de influencias, por irregularidades en la tramitación, por ese concepto de puerta giratoria que establece, de momento, que la mayor parte de las actuaciones de la firma en la provincia de Teruel penden de un hilo porque el Gobierno de Aragón anduvo flexible de más. A este punto, Diario de Teruel informa que Forestalia acelera para poner en marcha lo poco que de momento no le han tocado. A pie de obra, todo el mundo teme.
Y del lado administrativo, el otro frente tiene que ver con la reducción al absurdo del plan de Transición Justa que el Ministerio de las cosas ecológicas y sostenibles encargó a Endesa para sustituir el cierre de la central térmica de Andorra con el beneplácito de lo que parecía limpio pero resulta que ya no lo es. Tras el tijeretazo del Gobierno central, la eléctrica italiana se compromete a sacar adelante apenas una cuarta parte de lo que proyectó y que inicialmente le había sido adjudicado. El plan de acompañamiento industrial, evidentemente, llevará el mismo recorte. Bufan en las Cuencas Mineras. Con razón. Suena feo que lo que era bueno hace cinco años ahora, de repente, no sirve de nada porque incumple decenas de normativas, protecciones y elementos medioambientales de toda índole. Que, por cierto, existían, estaban vigentes antes de que este camino a ninguna parte se vendiese a toda la opinión pública.
En el origen de este fiasco, de esta vergüenza de consecuencias aún no del todo previstas, una imprudente y negligente visión de lo que debe ser la ordenación urbanística en el medio rural. Tiene que ver, por descontado, con el hecho de que es bastante más difícil ubicar sobre plano de manera exacta la situación de cada una de las palas de una central de energía eólica que hacerlo con una central térmica o hidroeléctrica, no es lo mismo un edificio grande y compacto que un complejo de edificaciones largas y estrechas que implican un modelo de logística, accesibilidad y uso de suelo prácticamente desconocido a gran escala. Pero se supone que esas cosas se planificaban en los despachos de las administraciones públicas. Cabría esperar que un desembarco masivo de macroproyectos de generación energética de fuentes sostenibles habría de tener al menos una mínima previsión de dónde es factible, dónde no, y cuántos caben en cada metro cuadrado de territorio susceptible.
Pero se ve que eso son cosas del siglo veinte, de cuando cada cosa que se construía se ponía sobre plano. Ahora, con eso de las cosas virtuales, resulta que el pdf lo soporta todo, ya no fabrican mesas grandes para colocar sobre ellas papel de amplias dimensiones, y ahora hay que esperar cuatro años para caer en la cuenta de que este panel solar invade un nido de cernícalo primilla, aquella pala entra de lleno en zona de tal o cual servidumbre o ese camino que lleva a esa subestación resulta que pasa por el medio de zona regable, inundable o coincide con este otro proyecto de tal o cual otra energética. Al final, un desastre de proporciones gigantescas, de millones de euros. Munición para la política de trazo grueso, emotiva, desprovista de la ética de lo concreto y lo analógico. Y, por encima de todo, la expectativa demolida hasta el tuétano de cientos de puestos de trabajo tan necesarios en estas comarcas y que se evaporan como agua bajo el sol llevada por el viento.
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