Las plazas y calles del Bajo Aragón se llenarán de túnicas, tambores y bombos que acompañarán a las procesiones y los pasos de Semana Santa. Religión, tradición, cultura, devoción y turismo: todo unido bajo un sentimiento de pertenencia a una tierra que vibra y entra en éxtasis ante el redoble de un tambor o el estruendo atronador del bombo.
La población del Bajo Aragón se dispara durante estos días; familias que se reencuentran cada año y turistas que se acercan con curiosidad a escuchar los ritmos hipnóticos. Todo esto hace que la economía fluya, convirtiendo esta fecha en el verdadero «agosto» bajoaragonés por excelencia, incluso por encima de la época estival.
Y aunque la economía es importante —actuando como el engrase de toda esta maquinaria—, parece haber algo más profundo que dota de sentido y fuerza a las hileras infinitas y a las plazas repletas de túnicas. Ese sentir bajoaragonés, tan arraigado como difícil de definir, da sentido a una tradición que nos iguala entre nosotros y nos diferencia de otros territorios.
La hegemonía del credo que fundó e instauró las procesiones, aquí y en otros lugares de la «piel de toro», ha dado paso a una hegemonía cultural. Los participantes, sintiéndose representados o no por el origen religioso, se lanzan a las calles con entusiasmo y sentido de pertenencia en cada golpe de palillo o maza. No hay debate, fisuras ni disputas; solo un sonido atronador que lo embriaga todo y nos eleva hacia un sentimiento difícil de explicar para quien no se ha criado al son del tambor y el bombo cada Semana Santa.
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