Paradojas del sistema. En una tierra donde se han producido millones de megavatios a través de la Central Térmica de Andorra y, ahora, mediante centrales renovables térmicas y eólicas, muchas familias pasan frío en invierno porque no pueden permitirse encender la calefacción.
Como ocurre habitualmente en los sistemas depredadores de recursos medioambientales y humanos, la riqueza que generan los territorios acaba marchándose a lugares y personas lejanas, que no sufren los impactos derivados de esa generación. En el caso de Teruel y, más concretamente, del Bajo Aragón, tras machacar el territorio con el monocultivo del carbón y la Central Térmica de Andorra, cuando dejó de ser rentable se abandonó a la comarca a su suerte.
Lo mismo sucede ahora con las megacentrales de energías renovables, tanto eólicas como fotovoltaicas: mientras se degradan los paisajes y el territorio con molinos y placas solares, la riqueza generada en nuestra tierra se traslada a las grandes urbes, dejando aquí solo las migajas de los beneficios. Entretanto, muchas de nuestras familias se ven obligadas a solicitar el bono social eléctrico para poder llegar a fin de mes.
Un sistema incapaz de redistribuir la riqueza existente para que sus habitantes disfruten de una vida digna y sin penurias es un sistema moralmente injusto y socialmente inadecuado. Tarde o temprano, sus propias contradicciones acabarán provocando su colapso, y no siempre para mejor. Como reza el titular de este artículo, la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma: se transforma en enormes cantidades de dinero para unos pocos, gracias al oligopolio energético español, y en miseria y dificultades para millones de ciudadanos que no pueden calentar sus hogares en invierno, en un país que presume de que su macroeconomía va como un tiro.
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