
El economista y premio Nobel James Tobin fue uno de los primeros en señalar ese hecho con claridad. En su visión, una inflación moderada podía actuar como un mecanismo de ajuste silencioso. Si los empresarios necesitaban reducir sus costes laborales, pero resultaba políticamente imposible recortar salarios de forma explícita, la inflación hacía el trabajo sucio: los sueldos nominales se mantenían, pero su valor real se iba erosionando. Nadie firmaba una bajada salarial, pero ésta ocurría en términos reales, es decir, en lo que realmente puedes comprar con esa nómina. El trabajador veía cómo su nómina alcanzaba para menos, pero al menos nominalmente podía ganar algo más.
❝Cuando los precios suben más de lo esperado se produce una redistribución de ingresos muy real y muy concreta: algunos ganan, pero otros pierden.
Tobin también señaló otro poderoso mecanismo redistributivo: el efecto sobre deudas y ahorros. Cuando la inflación supera lo que se esperaba, el valor real de las deudas se reduce. Quien debe dinero sale ganando; quien lo prestó, perdiendo. Por eso los Estados —los mayores deudores del mundo— han tenido siempre una relación ambigua con la inflación: incómoda en los discursos, conveniente a veces en las cuentas públicas. Y por eso los ahorradores conservadores, los que guardaron su dinero en depósitos o bonos, han sido históricamente unos grandes pagadores de los episodios de inflación.
❝los ahorradores conservadores, los que guardaron su dinero en depósitos o bonos, han sido históricamente unos grandes pagadores de los episodios de inflación.
La clave de todo esto está en la palabra ‘inesperada’. Cuando la inflación se conoce con antelación, la gente puede al menos intentar protegerse. Los sindicatos tratan de defenderse con cláusulas de revisión salarial, los bancos incorporan la inflación esperada al tipo de interés que cobran por sus préstamos, los arrendadores actualizan sus contratos de alquiler, y suma y sigue. Pero en cuanto la inflación real supera a la que se esperaba, ese sistema de protecciones deja de funcionar y la cosa se vuelve injusta porque no todos tienen la misma capacidad de cubrirse. Un gran grupo empresarial puede renegociar sus contratos de suministro, trasladar costes a sus clientes y ajustar márgenes con rapidez. Un pensionista cuya prestación se actualiza una vez al año, con un índice calculado sobre el año anterior, pierde poder de compra durante meses sin que nadie pueda hacer nada. Un trabajador con convenio colectivo firmado por tres años ve cómo su salario real cae cada vez que la inflación se dispara por encima de lo pactado. Así que la inflación no es un fenómeno económico abstracto: es una transferencia de renta real entre los que no pueden protegerse hacia quienes sí pueden.
❝Así que la inflación no es un fenómeno económico abstracto: es una transferencia de renta real entre los que no pueden protegerse hacia quienes sí pueden.
Se puede comprobar con datos que ese poder de ajuste no es equitativo. Las empresas con posición dominante en su sector pueden repercutir los incrementos de costes a sus compradores con rapidez y a veces ganando más. Las empresas más pequeñas, atrapadas entre proveedores que les suben precios y clientes que no toleran subidas, pueden acabar absorbiendo el golpe. Los trabajadores con mayor poder de negociación colectiva igual actualizan sus salarios, pero los que trabajan en sectores más precarios o sin representación sindical efectiva se llevan el golpe completo. Las pensiones contributivas tienen cierta protección legal, pero llega tarde y a veces incompleta. Las rentas no contributivas o los subsidios que no se actualizan de forma automática quedan expuestos directamente a lo que se decida administrativamente.
Eso es precisamente lo que Isabella M. Weber, economista alemana que trabaja en la Universidad de Massachusetts-Amherst, ha estado calculando desde hace tiempo. Para poder hacerlo usan una herramienta analítica especialmente potente: los modelos de análisis input-output, que permiten ver la economía no como una suma de mercados independientes sino como una red densa de interdependencias. La idea es la siguiente: las empresas venden al consumidor final pero también se venden entre sí constantemente. Una plataforma energética le vende electricidad a una fábrica de fertilizantes, que le vende a una cooperativa agrícola, que le vende al distribuidor alimentario que suministra al supermercado. Cada eslabón de esa cadena recibe el golpe del eslabón anterior y decide, si puede, cuánto traslada al siguiente.
En efecto, lo que Weber y sus colaboradores muestran es qué parte de ese traslado depende del poder de mercado de cada nodo de la red. Los sectores con menos competencia, con productos que no tienen sustitutos fáciles o con contratos que les protegen, pueden trasladar el incremento hacia adelante —y a veces aprovechan incluso para añadir un poco más. Los sectores más expuestos, esto es, los que no pueden subir precios a sus clientes ni a sus proveedores que los bajen, se tienen que acabar comiendo lo que ganen los primeros. Y al final de toda esta cadena siempre hay gente que no puede trasladar nada a nadie: el consumidor cuya renta no haya subido, el trabajador asalariado sin convenio, el pensionista o el dependiente de fondos públicos que no proteste suficiente. Ellos son el sumidero final de la red de ‘paganos’.
❝el consumidor cuya renta no haya subido, el trabajador asalariado sin convenio, el pensionista o el dependiente de fondos públicos que no proteste suficiente. Ellos son el sumidero final de la red de ‘paganos’.
Esta perspectiva cambia radicalmente la forma de entender de dónde viene la inflación y, sobre todo, quién la paga. No es solo un exceso de demanda ni una cuestión monetaria de manual. Es también una cuestión de estructura económica, de quién ocupa qué posición en la red productiva y de cuánta capacidad tiene de empujar el coste hacia el vecino. En el episodio inflacionario de 2021 a 2023, los datos de Weber y colaboradores dicen algo bastante incómodo: los márgenes empresariales de algunos sectores —energía, distribución alimentaria, transporte— no solo no se comprimieron durante la inflación, sino que crecieron. Eso solo es posible si el incremento de costes que recibieron se pasó hacia adelante con un margen adicional. En otras palabras, parte de la inflación no fue el resultado de costes que subían, sino de márgenes que se ampliaban porque se podían ampliar.
❝Cada punto de inflación no anticipada mueve renta desde unos bolsillos a otros sin que ningún comité, votación o debate público lo decida.
El resultado final es siempre una redistribución. Cada punto de inflación no anticipada mueve renta desde unos bolsillos a otros sin que ningún comité, votación o debate público lo decida. Esa transferencia ocurre a través de millones de decisiones de fijación de precios y actualizaciones de salarios y rentas en general. En las décadas de economía política que van desde Tobin hasta Weber, la conclusión es tan persistente como incómoda para la idea tradicional de que la inflación es algo igual para todos. La inflación es un repartidor de rentas que opera en la sombra y que reparte bastante peor de lo que pudiésemos imaginar. Si no se controla, puede haber un efecto Mateo de libro.
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