
Ya leyendo el título más de uno se habrá cortocircuitado. ¿China comunista? Bajo ningún concepto, dirá el izquierdista europeo. El comunismo es una ideología que rechaza la desigualdad social capitalista, y el lema del Partido Comunista de China desde Deng Xiaoping es «enriquecerse es glorioso». No, no y no. El comunismo es… otra cosa. Por su parte, desde la derecha occidental no lo aceptarán tampoco. El comunismo, o el socialismo, es un proyecto rancio y fracasado. No puede generar riqueza. No puede llevar a un país a convertirse en la mayor potencia del mundo en el siglo XXI. China es capitalista, porque China es el futuro, y el futuro será capitalista o muy capitalista, pero en modo alguno comunista. El comunismo es… otra cosa. Sin embargo, los propios chinos lo tienen muy claro: China es un país comunista, y su modelo económico, inventado por ellos, es «el socialismo con características chinas».
Los comunistas chinos, como los comunistas rusos previamente, se tuvieron que inventar a sí mismos. De igual modo que Pablo de Tarso creó la Iglesia cristiana mezclando las palabras de Jesús de Nazaret con su propia visión del mundo, Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin, creó el Partido Comunista mezclando las ideas de Marx con las suyas propias. Y como en aquel momento ya estaban muertos respectivamente tanto Jesucristo como Marx, el cristianismo y el comunismo fueron lo que dijeron San Pablo y «San Lenin», también respectivamente, y sin posibilidad de réplica.
En 1921 unos jóvenes chinos, entre los que se encontraba un campesino llamado Mao Zedong, creyeron que las ideas que habían llevado dos años antes a una revolución en Rusia, eran interesantes también para su país y fundaron el Partido Comunista de China. En aquel momento China estaba sumida en una larga crisis política, doblegada por los intereses de las potencias occidentales. Es lo que conoce como el «Siglo de la Humillación», que había llevado a un país que durante toda la Historia de la Humanidad representó, de forma permanente, entre la tercera y la cuarta parte del PIB mundial, a la irrelevancia geopolítica y a una pobreza y atraso cada vez más insufribles.
Pero las ideas de Marx y Lenin parecían encajar con las necesidades de China: campesinos y obreros (de estos últimos había pocos) serían el sujeto de la Historia, y unidos se harían con el control de la economía y del Estado mediante una revolución. Solo eso volvería a poner en el mapa a China, o como ellos la llaman, el «País del Medio» (Zhōngguó), pues siempre se han considerado el centro del mundo. Algo para lo que, por cierto, históricamente cuentan con bastantes más argumentos que Europa y no digo ya Norteamérica.
Tras una década de persecución política atroz, una guerra contra la ocupación japonesa y una cruenta guerra civil, en 1949 el Partido Comunista se hizo con el poder. Para culminar la revolución, su líder, Mao Zedong, se inspiró por encima de todo en las ideas que Stalin había llevado a cabo en la URSS, combinando la nacionalización económica con una industrialización metalúrgica forzosa. El resultado de aquel pretendido «Gran Santo Adelante» fue un estrepitoso fracaso. China se sumió en la más absoluta miseria, llegando a ser el séptimo país más pobre del mundo y con decenas de millones de muertes por hambre. Estaba claro que Mao se había equivocado y fue apartado de la cúpula del poder. Sin embargo, el viejo jerarca comunista tenía sus bazas y las jugó: movilizando a la juventud del país, desató la «Revolución Cultural», en la que se acusó a los dirigentes reformistas de traidores, se rechazaron las cotumbres y tradiciones chinas y se empoderaron los llamados «Guardias Rojos», una masa de jóvenes radicalizados por las ideas maoístas del Libro Rojo, que atacaban a cualquier persona o cosa que oliera a capitalista o a antiguo.
Hubo que esperar a la muerte de Mao para que se iniciaran las reformas en China, y estas llegaron a partir de 1978 de la mano del nuevo dirigente del país, Deng Xiaoping. La apertura económica y la posibilidad de enriquecerse mediante el trabajo y la inversión, fueron compaginadas con un control férreo de la vida política por parte del Partido Comunista, quien además se reservó para sí un dominio estratégico de aspectos clave de la economía. El resultado fue que China se convirtió en el «taller del mundo»: proliferaron las fábricas, produciendo mercancías que fundamentalmente eran consumidas por una demanda exterior. El crecimiento económico fue galopante durante tres décadas consecutivas, lo que poco a poco fue transformando China: crecieron las ciudades, surgió la clase media, se crearon infraestructuras y, en definitiva, se modernizó el país.
En los últimos años China, si bien ya no tiene las tasas de crecimiento de antaño, se ha convertido en una nación puntera en investigación y desarrollo tecnológico y con un consumo interior cada vez más sólido. Todo ello, la ha llevado a ser la segunda mayor potencia geopolítica mundial, rivalizando desde hace ya algún tiempo con EEUU. Ni que decidir tiene que ya hace años que desde Norteamérica se percibe a China como una amenaza, y de ahí que últimamente hayamos visto unos EEUU más agresivos, tanto comercial como militarmente. Tal vez en este contexto deban enmarcarse las intervenciones de Trump tanto en Venezuela como en Irán, pues China tiene en el petróleo su gran debilidad, al ser inmensamente dependiente de su importación.
Mientras tanto, su indiscutible líder Xi Jinping, además de dirigir el Partido Comunista, y por extensión el país, fundamenta discursivamente su acción con una reactualizada teoría política marxista-leninista, en la que las tradiciones filosóficas chinas juegan su papel. El confuncianismo sirve para reforzar el autoritarismo según el «mandato del Cielo», siempre que prevalezca el interés de los gobernados. Por otra parte, el taoísmo y su naturaleza dialéctica impulsan a la permanente búsqueda del equilibrio, abrazando las contradicciones e inspirándose en ellas, y rechazando por tanto cualquier dogmatismo ideológico.
El Partido tiene marcada una hoja de ruta que habrá que ver si resiste a los nuevos desafíos geopolíticos. La primera meta ha sido fijada en 2035, para cuando China deberá haberse convertido en líder mundial en ciencia, tecnología y educación (hay quien dice que ya lo ha conseguido), haber duplicado el PIB respecto a 2020 (lo que logrará manteniendo las tasas de crecimiento actuales), haber logrado la transición verde eliminando emisiones y mejorar el bienestar social. La meta definitiva se alcanzará en 2049, año del centenario de la revolución, cuando China deberá ser un país socialista «moderno, próspero, fuerte, democrático, civilizado y armonioso», con un Ejército que garantice la seguridad nacional frente a cualquier amenaza y el socialismo chino como sistema que promueva una comunidad de futuro compartida con la Humanidad.
China lleva bastantes décadas cumpliendo a grandes rasgos los objetivos de su planificación. ¿Es razonable, pues, pensar que puede lograr, aunque sea parcialmente, las ambiciosas metas que esboza? Desde luego que hay cosas que cuesta creer, como lo de que China vaya a ser un país democrático, al menos según nuestra idea de democracia, puesto que a día de hoy, el Partido Comunista mantiene incólume su estructura de poder, sofocando y reprimiendo como siempre cualquier oposición. Sin embargo, si China tiene éxito, se abren nuevas perspectivas. Con un mundo capitalista occidental estancado, las formas democráticas liberales ya en claro retroceso, y la transición verde cuestionada, es posible que cada vez más países del mundo, y especialmente en el llamado «Sur Global», vean el sistema chino como un modelo en mayor o menor medida exportable. Si es o no esto posible, solo el tiempo lo dirá.
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