
Las elecciones del 8 de febrero en Aragón han dejado un panorama preocupante: una extrema derecha en alza, y que marca el paso al PP; un PSOE en barrena, y una izquierda que no ha podido movilizar al electorado progresista. Vamos a reflexionar sobre todo esto, sin mayores pretensiones.
Una lección, que, a estas alturas, deberíamos haber ya aprendido: los votantes de Vox (como los de Trump o Le Pen) no son tontos. Quedarse con ese argumento es pereza intelectual, eludir el debate y, al mismo tiempo, situarse en la misma línea meritocrática de los demócratas americanos y del establishment globalizador. La gente que vota a la extrema derecha es gente cabreada, descontenta, a veces por motivos muy concretos, a veces más difusos. Y sus partidos saben, sobre todo, capitalizar los malestares (1).
La clase ya no es una categoría que defina la adscripción política. Buena parte de la izquierda insiste en ello, pero la realidad es que quienes votan a la izquierda «alternativa» son cada vez más solo «cuadros», es decir, la extracción social de dicha izquierda se parece cada vez a la de los demócratas americanos o, en términos de edad, a la del bipartidismo clásico. A su vez, la extrema derecha cada vez recoge más voto de trabajadores, jóvenes, currelas y parados: gente descontenta, con miedo al futuro, o directamente sin futuro, y que, más que pedir soluciones precisas, busca un medio de canalizar su cabreo. Por eso, da igual que Vox entre o salga de los gobiernos, que haga trabajo parlamentario o no, que se conozca a sus candidatos o no.
La izquierda se sigue dirigiendo, de manera más o menos implícita, a un colectivo de trabajadores con conciencia de clase, y eso, de manera general, ya no existe. En su lugar, la gente está desideologizada. Se rige por emociones y se autoubica como clase media, o simplemente pasa del concepto de clase. El ser clase obrera no es ya objeto de orgullo ni nada parecido. Al revés: los que piensan que son «clase media» y tienen un discurso aspiracional (hacia arriba), a lo que tienen pánico, es a ir «hacia abajo» y convertirse en clase obrera, en trabajadores pobres. Y, parafraseando al maestro Yoda, ese miedo es el que conduce a la ira y a la extrema derecha.
En lugar de clases, se construyen identidades, lo cual, a su vez, permite definir némesis: aragoneses frente a españolistas, españoles frente a moros, hombres frente a feminazis, gente de campo frente a urbanitas, gente trabajadora y honesta frente a chorizos sanchistas, españoles de bien frente a burócratas de Bruselas… La construcción de némesis permite visualizar y simplificar los problemas.
La impugnación del sistema es una impugnación de los servicios públicos y del Estado. En este sentido, y paradójicamente, la izquierda, incluso la que se llama a sí misma «alternativa», se ha vuelto sistémica: defiende los servicios públicos, el papel del Estado, el papel de la legislación medioambiental, el papel de la ley en la promoción de la igualdad de género…por lo que se sitúa, mal que le pese, cultural y políticamente alineada con una parte del establishment (2).
Porque, aunque nosotros los entendamos como un mecanismo de solidaridad, ésta (la solidaridad) es otra categoría en crisis, y los servicios públicos son ahora objeto de defensa o de interés por aquel que los considera como «algo que puede perder», y que, de manera general, todavía espera algo del Estado. Sin embargo, amplias capas de la sociedad no esperan nada del Estado, porque el ascensor social ya no funciona, o porque les cuentan a todas horas que vivimos en un Estado fallido (ese maléfico «solo el pueblo salva al pueblo» que rondaba los días de la dana), y que no hay salvación en lo colectivo, sino en lo individual. Para quien aspira a ser clase media o más, el Estado no es el medio: su idea es llevar a los hijos a la concertada, para que no se junten con los moros y los negros, y tener un seguro privado para ir al especialista sin tener que esperar un año, aunque le cueste un dinero y sin preguntarse por qué funciona mal el servicio público y cómo mejorarlo. La aspiración es individualista.
Al igual que la clase, otro factor que se ve que ya no moviliza es el medio ambiente (3). Lo decían ya las encuestas del CIS: lo que menos preocupa a los aragoneses es el impacto ambiental de las renovables o los centros de datos. La defensa del medio ambiente se concibe como parte del sistema, diseñado para «joderle la vida a la gente»: que no nos dejan hacer nada, que no se puede construir nada, que ya están los ecologistas jodiendo la manta, que no se puede echar nada en el campo, que, que, que…
Esto enlaza con la cultura del victimismo en que vivimos, hija del individualismo neoliberal, donde ser víctima es un estatus, y además (como han señalado ciertos autores), es lo más cómodo, porque imbuye a la víctima de una «bondad total», mientras los verdugos son «malos totales». Este victimismo empezó explotándolo la izquierda (y lo sigue haciendo), pero ahora son otros colectivos los que se autoperciben como víctimas: víctimas de las feminazis que ya no nos dejan vivir, de los inmigrantes que nos quitan el trabajo y violan a nuestras mujeres, de los ecologistas que no nos dejan trabajar en el campo o ir con nuestro coche donde queramos, de las autoridades sanitarias que no nos dejan tomar el vermú o que nos obligan a vacunarnos…Y en esta dinámica, la izquierda, tan cuidadosa del Estado del bienestar, queda como «conservadora» y encuadrada en el grupo de los verdugos.
Esta panorámica no pretende ser derrotista. Personalmente, sigo convencido de la vigencia de las categorías antes mencionadas y que ahora parecen en crisis. Pero el espíritu de la época nos obliga a redefinir nuestro discurso, y, en la mejor tradición dialéctica, a ser capaces de superar estas contradicciones discursivas, para llegar a un proyecto político que enganche a las clases populares desde la fraternidad y la fe en un futuro compartido. Mucha tarea por delante.
(1) Un ejemplo muy claro lo hemos tenido en nuestra provincia: los macroproyectos de renovables en el Maestrazgo y el cierre del carbón en Andorra. Teruel Existe ha intentado capitalizar una batalla jurídica (aunque defiende las renovables como fuente de energía), y la izquierda ha tratado de defender una supuesta «transición justa». Al final, lo que triunfa es una «enmienda a la totalidad», y se termina votando un partido que hubiera mantenido el carbón, y en el Maestrazgo se termina votando a un partido que no dice que el Clúster Maestrazgo sea una mierda, sino que directamente dice que todas las renovables son una mierda.
(2) Porque hay otra parte del establishment cuyo sueño húmedo es esa reducción del Estado a su mínima expresión, la mercantilización de todos los aspectos de nuestra vida, y el consenso social en torno a ello, mediante las herramientas sedativas de las redes sociales.
(3) La preocupación por el medio ambiente surgió en los años 70, inseparable de las nociones de progreso y futuro. Si hoy en día triunfa la idea de que no hay futuro, se aplica una visión de «tierra quemada»: aprovecho todos los recursos hoy, y el que venga detrás, que arree.
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