
«Hay familias que pasan el día en la biblioteca porque en casa no tienen calor». Este era el chocante título de la excelente entrevista que se hizo a Elisa Gargallo, responsable del Área de Vulnerabilidad de Cruz Roja Bajo Aragón y que Compromiso y Cultura publicó en su número de febrero. No deja de ser paradójico que en un país que presume de una macroeconomía boyante, haya familias en las que sus miembros deben echarse una manta encima para ver la televisión desde el sofá del cuarto de estar. La situación no deja de ser de lo más tragicómica. Pero ya viene de lejos, hace ya tiempo que las bibliotecas públicas, según cuentan quienes han trabajado en ellas durante años, son utilizadas como refugio contra el frío en el invierno o contra los efectos de la sofocante canícula en verano.
La historia de las calefacciones en el Bajo Aragón tiene ya algunos años. Hacia principios del los años 90 del siglo pasado se comenzaron a colocar radiadores en todas las habitaciones de la mayoría de las casas aun en los pueblos más pequeños. Las calderas que daban calor eran de leña o mixtas de leña y gasoil. Ahora las hay movidas mediante otros sistemas energéticos. Pero rara es la casa que en mi pueblo, Bellmunt, o en cualquier otro de la contornada, no tiene calefacción. Y es el caso que ahora parece como si la calefacción fuera tan cara que no se puede encender todas las horas del día en todas las familias del Bajo Aragón histórico. En tales circunstancias, tanto niños como adultos encuentran remedio en la biblioteca pública, al calor de los libros.
La biblioteca municipal o pública de Alcañiz, en su gestión actual del tiempo democrático que vivimos, se abrió en 1982. Su primer bibliotecario, José Ignacio Micolau, recuerda que en 1935 hubo biblioteca en la capital del Bajo Aragón promovida por la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para Bibliotecas Públicas, dependiente del Ministerio de Instrucción Pública del Gobierno de la Segunda República y que creó centros de lectura en Aguaviva, Andorra, Calaceite, Calamocha, Cretas, Foz-Calanda, Híjar, Mas de las Matas, Mazaleón, Olba, Santa Eulalia, Valdeltormo y Villarquemado. Durante el largo desierto franquista, en 1952 se abrió una nueva biblioteca para el Instituto de Enseñanza Media Cardenal Ram, que no era pública al uso sino circunscrita al centro de enseñanza. Todo esto lo cuenta Micolau en el libro «Cuestiones Bajoaragonesas» (Alcañiz, Centro de Estudios Bajoaragoneses/CESBA, 2009), que tendría que ser de obligada lectura en todas las escuelas e institutos del Bajo Aragón histórico. Micolau, ya jubilado, ha escrito poco pero todo excelente y referido a nuestra tierra.
Con Teresa Thomson y Tomás Hernández comento las estancias de silencio y recogimiento que se viven en el templo de la cultura alcañizana que es la biblioteca, antes instalada en el edificio de la Lonja gótica aneja a la casa Consistorial, hoy en el antiguo palacio Ardid de la calle Mayor donde antes hubo sucursal de Ibercaja. Tere cuenta que en la biblioteca municipal se conservan cien volúmenes de literatura clásica española, de cubierta dura y con lomo de piel, en encuadernación holandesa, todos en perfecto estado de conservación. Estos ejemplares pudieron pertenecer a la biblioteca republicana de 1935 y fueron una donación que el Ayuntamiento hizo a Sara Mainer para el Instituto que entonces estaba en el emplazamiento que hoy ocupa el colegio Juan Lorenzo Palmireno de la Avenida Aragón. Todo se hizo, y hoy se sigue el ejemplo, al calor de los libros, en las bibliotecas municipales o públicas de nuestros pueblos.
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