
❝Es evidente que Donald J. Trump no representa el resurgir de su imperio. Al contrario, es el síntoma más claro de una degradación que amenaza con devorar la democracia estadounidense desde dentro.
Desde que T.S. Eliot lo escribió en The Waste Land, es sabido que el mes de abril puede ser el más cruel del calendario. No es así en Portugal o en Italia, donde el día 25 es la efeméride en que ambos países se deshicieron del fascismo. Aquí, en cambio, el 25 de abril nos remite a 1898, el año del entierro del Cid y del Quijote, según Joaquín Costa, o del Desastre, según lo bautizó la prensa del momento y el nacionalismo español de siempre. Entonces, de un modo similar a lo que han hecho Trump y sus sicofantes con ocasión del bombardeo de Irán, la prensa estadounidense acusó al gobierno de España de mendacidad, cobardía y un buen saco de pecados capitales más. La Casa Blanca ambicionaba quedarse con las posesiones coloniales españolas, pero para ello necesitaba un pretexto y presentar al Reino de España como una aberración medieval que no podía entrar en el siglo siguiente con una pierna en el Caribe.
Y es que los norteamericanos, socializados en la idea de no ser nunca victimarios sino víctimas de la perfidia extranjera, siguen practicando la misma política exterior de escupir por el colmillo diplomático y blandir un gran garrote, al decir de Theodore Roosevelt. La diferencia entre este presidente y el Nerón de nuestros días estriba en que ahora no se habla bajo sino alto y sin concierto, como si a don Vito Corleone (The Godfather) le hubiese apartado del sillón un envejecido, pero igualmente atrabiliario, Tony Montana (Scarface).
Es evidente que Donald J. Trump no representa el resurgir de su imperio. Al contrario, es el síntoma más claro de una degradación que amenaza con devorar la democracia estadounidense desde dentro. Más allá de un poder militar incontestable y del monopolio del dólar, Estados Unidos está, como se diría coloquialmente, hecho unos zorros. Con las infraestructuras públicas corroídas y una desigualdad que lo sacude como si padeciese de fiebres reumáticas, la institucionalidad de su sistema se ha ido por el desagüe del primer mandato trumpista lo mismo que su industria se fue por las cloacas del cinturón del óxido (Rust Belt). Podrá objetarse que Trump no toma las decisiones a lo loco, lo que, debe reconocerse, es mucho objetar, pero las consecuencias de sus actos indican lo contrario.
Si bien es cierto que tanto Venezuela como Irán suministraban petróleo al imperio opuesto y emergente, China, no es menos cierto que la proverbial ignorancia geográfica norteamericana acaba de hacer encallar su mandato en el Estrecho de Ormuz. En unas declaraciones más propias de una barra de bar que del Despacho Oval, Trump ha afirmado que no esperaba que los iraníes cerrasen el paso a los petroleros en esa zona, una necedad que habla tanto del personaje como de los que le rodean. Pero en tiempos de guerra, como lo fueron los días de abril de 1898, la primera baja no es la verdad, como suele decirse, sino la razón, que se echa a dormir el sueño de los injustos y deja que los monstruos de sus pesadillas asolen el mundo.
Y así, al grito de antes honra sin barcos que barcos sin honra fue cómo España lanzó sus naves contra las bestias acorazadas del almirante Sampson el 2 de julio de 1898, en Santiago de Cuba. Había sido una simple cuestión de tiempo que Estados Unidos metiese la cuchara en el rancho caribeño. La explosión en el Maine, accidental o no, fue el casus belli deseado. La sombra de las barras y estrellas se extendió entonces de punta a punta del continente. Ni siquiera Gran Bretaña, que tanto había rapiñado aquí y allá, iba a poder tostarse al sol latinoamericano.
Después de mucho bramar contra España, Estados Unidos intervino con casi los mismos soldados que la maltrecha metrópoli ibérica, pero mejor comidos y pertrechados. En América se moría por la Unión, una democracia de industriales, buscavidas y granjeros; en España, una monarquía de rentistas, arribistas y latifundios, se moría por obligación. Tras el ultimátum que la Casa Blanca le dio a Madrid para abandonar la isla, al gobierno de Sagasta no le quedó más remedio, según se dijo, que declarar la guerra. El presidente Mackinley firmó la declaración del Congreso de los EEUU contra el Reino de España. El bloqueo de la isla no se hizo esperar y tuvo la misma dificultad para la Armada estadounidense que el desmontaje de un sonajero. Con la flota española atrapada durante más de un mes en el puerto, los norteamericanos comenzaron a repartirse los despojos del difunto antes de que éste hubiese doblado la servilleta del imperio. Entonces, según se escribió, don Quijote cabalgó de nuevo y las naves hispanas salieron una por una de sus dársenas, como en un clásico tiro al plato. En pocos minutos la marina de Estados Unidos las redujo a un turbión de astillas y mondongos. Y con ellas, a todo el imperio.
Asesinado Cánovas en 1897, había sido Sagasta el encargado de recoger los restos del siglo. Nada más llegar al poder había retirado a Valeriano Weyler de la gobernación, o destrucción, según se mire, de Cuba. Poco después, Sagasta ofreció un estatuto de autonomía a los patriotas cubanos, pero a esas alturas era imposible retener lo que ya no estaba sobre su mesa. La independencia era el único horizonte para los rebeldes; la colonización, lo único que aceptarían Roosevelt y Mackinley. España apestaba a siglo pasado. No quedando más que el honor, que siempre provoca más dolores de los que alivia, el imperio se lanzó contra el futuro y salió calcinado en su embestida. Meses después, en París se firmó un tratado que entregaba a los Estados Unidos el Caribe, Guam y las Filipinas. Cuba pudo ponerse al sol de las naciones soberanas durante un par de años y un día. El resto de pedruscos del Pacífico se los vendió el gobierno al II Reich por 25 millones de pesetas y una palmada en la espalda.
Después del enardecimiento nacionalista de la prensa, el régimen se dobló sobre sí mismo en un flagelo metafísico. España y su decadencia; España como problema; España como desastre; el ser de España como misterio y como enigma; España invertebrada; España, madre y madrastra... Toda la España oficial y su opinión publicada sufrió una embolia patriotera y doliente. Como el riego no llegaba adonde debía, se pasó de la ira política a la conmiseración antropológica. Desmontar un imperio, aunque apenas quede ya nada, nunca es sencillo. Sagasta, responsable para todos de lo inevitable, prefirió no hacerlo y se decidió aguantar hasta más allá de lo razonable en Filipinas para que la culpa recayese sobre otros hombres que no fuesen los de armas. La desafección hacia el sistema multiplicó las fugas y el moho negro subió desde los sótanos de Montjuic a los salones palaciegos. La tropa y marinería, en cambio, volvió cantando de aquella locura. Porque Cuba nunca fue suya, como no lo era la España turnista ni lo es Irán ni Venezuela. Para ellos, el Desastre no sonó a tragedia. Todo lo contrario. Estaban vivos y enteros, recién escapados de una guerra que no habían querido. Y con eso, de momento, les bastaba.
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