Napoleón Bonaparte: auge y caída de un mito

Miguel Ángel Sanz Loroño - Doctor en Historia - marxenelaula@gmail.com
agosto 2021 | HISTORIA | NAPOLEÓN BONAPARTE 



Napoleón Bonaparte: auge y caída de un mito


Se cumplen 200 años de la muerte de Napoléon. Nacido en la isla de Córcega, recién conquistada ésta por la Francia de Luis XV, murió en otra isla, en este caso Santa Elena, bajo la vigilancia inglesa que esperaba su muerte para finalizar con la pesadilla que había supuesto Bonaparte para las monarquías absolutistas europeas durante el comienzo del siglo XIX.

A diferencia del Scaramouche de Sabatini, Napoleón creció sin el don de la risa y con la sensación de que el mundo debía ser ordenado por los preceptos de la geometría. Napoleón Bonaparte vino al mundo el 15 de agosto de 1769, un año después de que Córcega, su tierra natal, fuese incorporada al reino de Francia, y veinte años después de que la revolución en Francia diese paso a la historia contemporánea. Tras una vida meteórica, Napoleón murió el 5 de mayo de 1821, a la edad de 51 años. Napoleón fue un niño corso, soldado francés, ingeniero militar, estratega brillante, conquistador de Europa, revolucionario, conservador, escritor, político, golpista, legislador, cónsul, rey de Italia, emperador de los franceses, prisionero y, finalmente, hombre derrotado y muerto, porque incluso los meteoros, por muy ardientes que vuelen, acaban siempre bajo tierra.

A doscientos años de su muerte, su figura aún levanta polémica y pasiones. Napoleón es una presencia histórica inabarcable, no solo por su propia trayectoria, explicable en términos históricos, sino por ser una encrucijada de personalidades, caminos y épocas. Comparado con frecuencia con Atila, sería mejor asimilarlo a Gengis Khan, lo mismo que cuando se le presenta bajo la sombra de Julio César en lugar de hacerlo bajo la de Octavio Augusto o, salvando las diferencias, la de Alejandro Magno. Porque Napoleón fue, efectivamente, un conquistador militar y un saqueador ocasional, como en Egipto y Siria, pero también fue un fundador de regímenes políticos y un creador de leyes.

Sus Máximas y pensamientos, sus Comentarios a El Príncipe de Maquiavelo, y sus Memorias, dictadas en su confinamiento en Santa Elena, son genuinas joyas del pensamiento político y autobiográfico. En ellas se revela una figura consciente de su época y de su lugar en la Historia. Caracterizado por un pragmatismo militar y un sentido de Estado novedoso para la época -aunque iniciado en el Tratado de Westfalia de 1648-, buscó consolidar los principales logros -con clamorosas excepciones- de la Revolución francesa y la creación de una nueva sociedad, a la que le acompañaría un nuevo tipo de ejército, de nobleza, de Iglesia y, en suma, de Estado. Aunque no quedó todo lo que hizo, todo lo que ha quedado lleva de una manera u otra su sello, como sucede con los códigos civiles, mercantiles, penales y de procedimiento judicial, el sistema de enseñanza y la organización burocrática del Estado.

Ya de por sí esta herencia haría de su figura algo imposible de soslayar, pero es, asimismo, su propia historia personal la que sigue asombrando al que se le acerca. Los griegos usaban una palabra, hybris, para describir la ambición desmesurada que siempre terminaba, como el vuelo de Ícaro, con la catástrofe del protagonista. Napoleón es un buen ejemplo. Dotado con el empuje de un mundo que nace, el de la revolución liberal, Napoleón estiró su fortuna hasta el límite de sus posibilidades históricas. Napoleón conquistó el poder, estabilizó el Estado dotándolo de bases, lo aumentó y engrandeció hasta más allá de lo aconsejado por Maquiavelo, e hizo que ningún rey se sintiera seguro en Europa hasta que fue recluido en Santa Elena.

Y es que, durante más de diez años, Napoleón mantuvo Europa en un puño con su ejército de un millón de hombres. Derribó reyes y puso otros; creó dinastías1 y condenó otras; rehízo los mapas y las fronteras, y, finalmente, derramó sobre el continente -y más allá- las semillas de la Revolución francesa. Frente a su empuje, las coaliciones de las monarquías absolutas y Gran Bretaña intentaron, como llevaban haciéndolo desde 1789, ahogarlo por las armas. En varias guerras se intentó sepultar al Ogro, como le llamaron las cortes de la mitad de Europa, o al Usurpador, como le llamaron los palacios de la otra mitad. Pero el Pequeño Cabo, como le llamaban su ejército, persistió afiebrando las pesadillas de los reyes, porque cada conquista era un paso adelante del mundo al que representaba, el de la burguesía y el liberalismo, que nació, como todos, chorreando sangre, leyes y pólvora.

A la luz de esto, discutir si la época lo hizo grande, o él hizo grande a la época, no tiene sentido. Según Hegel, Napoleón es la encarnación de la Historia en un momento dado, el símbolo y la frontera de ese presente, que lleva consigo el germen de la siguiente. Heroico para Beethoven -hasta que se proclamó emperador y bajó a la condición de hombre-, Napoleón fue un conquistador y un civilizador, un resumen de la Revolución francesa y un enterrador de su espíritu democrático, una negación de la misma y, al mismo tiempo, una conservación de sus elementos más señalados. Es, en definitiva, un ejemplo de lo que Walter Benjamin llamaba progreso: un paso universal y racional hacia adelante que deja el mundo del ayer, hecho de feudalismo y absolutismo, en ruinas.

Ahora bien, si pasamos a preguntarnos, más allá de su simbolismo, qué fue concretamente Napoleón, qué hizo y qué nos legó, las respuestas que encontramos son más sencillas. Para ello, es preciso tener en cuenta las cuatro coordenadas en las que Napoleón nació, vivió y murió: Córcega y su familia; el Ejército de la Francia absolutista; la Ilustración, especialmente la política; y la galvanización del tiempo, la apertura a un nuevo mundo basado en la igualdad jurídica y la libertad política, que trajo la Revolución francesa. Sin ello no puede entenderse el ascenso y caída de Napoleón Bonaparte, porque, si bien, como dijo Heráclito, el carácter de un hombre es su destino, ambas cosas, diría Marx, están dentro de un tiempo histórico y unas relaciones sociales que nadie, ni siquiera Napoleón, elige.


El ascenso

Napoleón nació en Ajaccio, en la isla de Córcega. La reciente anexión a Francia había dejado en la isla un sentimiento de agravio y melancolía, propio de un pueblo vencido y desposeído de sus instituciones. Las familias de la isla, especialmente las que tuvieron ordeno y mando e iban a perder esos puestos en favor de los funcionarios franceses, arrostraron un sentimiento de derrota que Napoleón se sintió obligado a reescribir mediante la gloria. Nacido en una familia de la pequeña nobleza corsa, fue su madre Letizia, moderna y ambiciosa, urbana y orgullosa, la que le dio una educación estricta e ilustrada. El padre, que pasó casi toda la infancia de Napoleón en Francia, fue una figura ausente. Napoleón fue un niño callado y solitario, reflexivo y pequeño, de mirada oscura y penetrante. Destetado con los relatos corsos nacionales, odió lo francés desde primera hora, hasta que comprendió, con la ayuda de su padre, que la anexión era irreversible y que el ascenso solo era posible haciéndose el más francés de los franceses. Solo Francia ofrecía un horizonte de grandeza para quien lo quería todo. Lo corso, en cambio, rural y pequeño, no era el modo. A partir de esa comprensión, todo su ser se volcó en la escalada a lo más alto.

Sin interés por lo humanístico, lo pragmático y la matemática capturaron toda su atención. Leía a los clásicos, pero lo hacía como lo hizo Maquiavelo, no por gusto estético, sino para extraer lecciones para la vida militar y política. En la adolescencia marchó a Francia a formarse. El único lugar donde podía escalar siendo corso, y con un único interés en matemáticas, geografía y política, era el ejército. Se graduó en artillería, donde destacó por sus cálculos y maniobras. Volvió a Córcega y allí le cogió la Revolución francesa, la apertura universal a un futuro de igualdad jurídica y libertad política. Odiando las pelucas empolvadas y los marquesados, los inciensos eclesiásticos y los manierismos cortesanos, Napoleón, que pensaba como un cuchillo y tenía unos modales igual de afilados, permaneció como oficial intermedio de la Revolución en la isla. Su momento de asaltar los cielos había llegado.

Compañero de viaje de los jacobinos -demócratas radicales-, porque con ellos llegó una idea de república nueva y, todo sea dicho, la posibilidad de escalar más rápido de lo que se imaginaba al pretender rehacer Francia desde cero, Napoleón participó en las guerras de la Convención republicana. En el sitio de Tolón (1793) su capacidad de organización en la artillería fue decisiva. Al vuelo de La Marsellesa Napoleón acumuló una victoria tras otra, un ascenso tras otro. Antes de los treinta años ya lucía uniforme y entorchados de general.  Con la caída de los jacobinos en el golpe contrarrevolucionario de Termidor (julio de 1794) Napoleón sufrió un traspiés del que se recuperó a las pocas semanas. Sus contactos, su pragmatismo y sus habilidades artilleras eran demasiado preciosas como para pasarlas por la guillotina. Restituido en sus cargos, fue decisivo para sofocar con metralla una rebelión armada de realistas en el corazón de París. La sangre que se vertió aquel día lo catapultó a los labios de la gente y a las cabezas del Directorio, el régimen político, de signo conservador, que la Revolución francesa había adoptado en 17952.

Habiéndose ganado la confianza del Directorio, marchó en busca de fama y hegemonía. Italia, la península vecina, de cultura tan familiar para los corsos, fue el destino por azares de las guerras. Dividida entre un norte dominado por los austriacos, un centro regido por el Papa y un sur gobernado por el Reino de Nápoles, Italia fue objeto de deseo de media Europa. Napoleón derrotó a los austríacos y avanzó hacia los Estados Pontificios. El Directorio quería darle un escarmiento al Papa para que comprendiese que la Iglesia católica no volvería a ser en Francia el poder que había sido. Pero Napoleón, pragmático a carta cabal, recordó lo que Maquiavelo había dicho acerca de la religión y echó el freno al caballo. La religión fabrica comunidad y destila subordinación. Más de la mitad de Francia la profesa, por lo que cualquier gobernante que aspire a la estabilidad del Estado debe aprovecharla. Así las cosas, se abstuvo de asaltar Roma, y continuó, en cambio, dándole golpizas a Austria, a la que echó de Italia. Finalmente, entró en el Véneto como conquistador y terminó con la república de Venecia. Ahí fundó la República Cisalpina, en la que actuó como un virrey excediéndose en sus atribuciones, pero adquiriendo una experiencia que a la postre sería decisiva. Su paso por Italia no volvería a dejar la península en calma, pues las semillas de la Revolución y, por ende, del nacionalismo, echaron raíces y germinaron como propias.

Mientras Napoleón jugaba a libertador, el Directorio se hundía en la corrupción y el desprestigio. Los realistas, enfurecidos y rearmados gracias a Europa, intentaron derribar la república. En ese momento, en el que el propio Directorio comenzaba a albergar dudas acerca de las intenciones de Napoleón, Bonaparte regresó a Francia y acalló a los realistas con la cárcel y la bayoneta. A esta victoria le siguió un paseo triunfal por las calles de París. Napoleón había salvado al Directorio, pero estaba claro que el poder civil descansaba sobre el poder militar. El mando, en otras palabras, estaba en la artillería y las bayonetas, y Napoleón tenía de ambas.

A los veintinueve años, Napoleón era el general más famoso y el mejor situado. Lo mejor, pensó el Directorio, era alejarlo, como se hacía con los generales romanos. Aceptando el reto, Napoleón embarcó para Egipto buscando la gloria con la que se adornaron Julio César y Alejandro Magno. Qué mejor manera de volver a París que hacerlo con un obelisco y el Oriente dominado. Marchó con una expedición de militares e ingenieros, de científicos y humanistas. Llegó, combatió y descubrió para Francia. Contemplados por cuarenta siglos de arena y piedras, Napoleón encarnó la razón moderna como ningún otro. Poder y saber unidos: la piedra Rosetta, clave para descifrar los jeroglíficos, se encontró en esta expedición. El resultado estratégico fue, desde luego, mucho más incierto. Su campaña por la franja sirio-palestina fue un desastre sin paliativos. Masacró la ciudad de Jaffa y volvió a Egipto tras ser diezmado por el desierto. Y allí esperó, meses y meses, aislado y bombardeado desde los barcos por la flota británica de Nelson. La expedición colonial se había acabado. Poder, saber y racismo. Tres patas de un mismo banco ilustrado. Estancado ante la Historia, salió finalmente de Egipto llevándose piedras, arena y fama.

Porque en el continente, la alianza contrarrevolucionaria apretaba. Gran Bretaña, el gran enemigo tradicional de Francia -hasta 1871-, estaba echando el resto para ahogar la república. El resto de monarquías, todas absolutas, no le iban a la zaga. Si cundía el ejemplo, sus cuellos serían los próximos en perder la cabeza. Así las cosas, Napoleón volvió para salvar la república y, a su vez, para quedársela. El abate Sieyès, uno de los cinco jefes del Directorio, lo hizo partícipe de un autogolpe. Pero el abate no sabía a ciencia cierta con quién jugaba la partida, y Napoleón, que ejecutó el golpe el 18 de Brumario de 1799 (noviembre), se nombró cónsul de la República, dando por liquidado el Directorio y estableciendo, a la romana, un triunvirato de cartón-piedra. De democracia, nada. Ésta había muerto con la pasión jacobina, de la misma manera que la esclavitud, prohibida por los jacobinos, también fue restablecida en las colonias del azúcar, el tabaco y el café. Napoleón tenía treinta años recién cumplidos. Ya había llegado a lo más alto de la Revolución y había vengado la anexión de Córcega, sentida como una derrota familiar propia. A partir de ahora, comenzaba la construcción de un régimen, el napoleónico, que habría de codificar los principales logros -con graves exclusiones, recuérdese- de la Revolución y situarle para siempre entre los grandes nombres de la Historia.


La cumbre

En muy poco tiempo, Napoleón pasó del triunvirato al primer consulado vitalicio. Y en menos tiempo aún, del consulado a la autocoronación imperial en mayo de 1804, ante un Papa que, como Sieyès, tampoco sabía con quién se jugaba los cuartos. El Papa acudió a Notre Dame sabiendo cómo venía de cargado el cocido, pero se lo tragó igualmente con tal de salvar sus Estados Pontificios. Una vez emperador, lo que, pensaba, daría más estabilidad a su creación política, Napoleón se lanzó con frenesí a la cristalización de sus ideas en un régimen social y político heredero de la Revolución. Impulsó las grandes reformas centralizadoras que siguen presentes en la Francia actual, por un lado, y la codificación de la vida, por el otro. El Código Civil, un logro sin precedentes, el de Comercio, el Penal y el de Procedimientos judiciales, se hicieron bajo su mandato. La reforma de la enseñanza en todos sus niveles, la carrera militar, la administración de los departamentos, todo, en suma, fue reorganizado desde los preceptos de la geometría y la ilustración.

Seguro y confiado, consolidó la propiedad de la tierra surgida de la Revolución y trató de crear una nueva nobleza basada en la propiedad privada y en el mérito militar. Pactó con el capital financiero y expandió el Estado más allá de lo imaginado hasta el momento. Una Francia agotada por diez años de revolución no tuvo fuerza para disputarle el dominio, lo que elevó el Estado y su gobierno por encima, supuestamente, de facciones e intereses particulares. Apoyado, en otras palabras, en una correlación de debilidades y en la fuerza del ejército, Napoleón construyó un poder sin contrapesos, lo que garantizaba, llegada la derrota, la caída de su figura y de todo el sistema. En cualquier caso, nada, a pesar de su caída, volvería a ser como había sido.

Pero la lógica en Europa sí siguió de igual manera. Napoleón, a pesar de representar una revolución derechizada, seguía siendo el representante de un monstruo que amenazaba a las monarquías y las iglesias. En Italia volvió a librarse un combate, y volvió a darle una golpiza a Austria. Se coronó rey de Italia, menos de los Estados Pontificios, con los que pactó un Concordato que diese a Dios lo que era de Dios y al César lo que era del César. En América, donde Francia tenía el actual Haití y la Louisiana, Napoleón actuó con pragmatismo y siguiendo los preceptos de la propiedad privada. Vendió la Louisiana a Estados Unidos, de la que pensó que no podría sacarse nada bueno, y trató de revertir la independencia de Haití, donde el Directorio había restablecido la esclavitud. Haití, poblada por esclavos negros y unos pocos franceses blancos, había ardido de la mano de Toussaint Louverture en un grito contra el colonialismo y el tráfico de esclavos.

Espoleado por el ejemplo del propio Napoleón, a quien imitaba en la forma de vestir las medallas y los entorchados, Louverture cabalgó con éxito una inmensa rebelión de esclavos contra los plantadores franceses, que huyeron a la carrera. Todo el Caribe, todas las colonias, todo el sur del recién nacido Estados Unidos, temblaron de miedo. Durante mucho tiempo, Haití sirvió para asustar niños y matar viejas de espanto. Una isla, una perla del café, el azúcar y el tabaco, desenganchada de la esclavitud por los propios esclavos. El horror, se dijo en la prensa y en los teatros del Caribe, Europa y Estados Unidos, el horror.

Pero Haití estaba demasiado lejos y era demasiado pequeña para ocupar su cabeza durante mucho tiempo. Gran Bretaña era la isla que le obsesionaba. En una nueva oleada de Europa contra Francia, Napoleón plantó cara. Obtuvo las victorias de Ulm y Austerlitz, que abrieron los campos de Europa, especialmente el espacio alemán, al nacionalismo y al trueque de coronas y tronos, en los que colocó a toda su familia uno por uno. Confiado, trató de derrotar a Gran Bretaña en el mar, pero en Trafalgar obtuvo una derrota estrepitosa. El mar no era cosa de Francia. Por ello dictó un Bloqueo Continental (1806) que ahogase comercialmente a Gran Bretaña. Portugal, el aliado más antiguo de Inglaterra, no lo respetó, y Napoleón marchó por España para imponérselo. Una vez en España, y habida cuenta del culebrón que Fernando VII y Carlos IV tenían montado, se quedó con el reino y se lo entregó a Pepe Botella, José I (1808). Con ello comenzó la revolución de independencia en América del Sur y la galvanización liberal en España, que culminaría en la redacción de la Pepa (1812). Allí por donde iba, a diferencia de Atila, crecía la hierba nacionalista, liberal y burguesa.


La caída

Pero toda ambición desmedida, según los griegos, acaba en ruina. Las fuerzas de Gran Bretaña y Europa eran demasiado grandes como para que la Revolución no cayese, temporalmente, en una fosa. La tumba, en este caso, se cavó en España y, fundamentalmente, en Rusia. La campaña contra Rusia, iniciada en el verano de 1812, encalló cuando “el general invierno” hizo presa de la Grande Armée napoleónica. Napoleón penetró sin dificultades hasta Moscú, pero el zar y sus generales ordenaron una retirada al interior y prendieron fuego a la ciudad. Napoleón quedó desconcertado. Sin saber hacia dónde ir ni qué hacer, esperó en una ciudad humeante y conquistada, cubierta por la nieve y el hielo del invierno. Había tomado Moscú, pero no Rusia. De nada servía su victoria. La política de tierra quemada de los generales zaristas dejaron al ejército francés desabastecido. El frío hizo el resto.

Fue un desastre sin paliativos. Ateridos y hambrientos, los soldados de Bonaparte fueron cayendo a puñados mientras salían de Rusia con las águilas cabizbajas y el rabo entre las piernas. De camino, sufrieron una derrota estrepitosa en Leipzig. Napoleón, el invicto, se quedó sin ejército y, por tanto, sin poder. De un millón de soldados en 1812 pasó a disponer de apenas cien mil a finales de 1813. Sin músculo, también salió de España y después del resto de Europa. En 1814 Francia se encontró asediada. Los mariscales bonapartistas y las clases altas del régimen temieron quedarse sin nada después de haberlo ganado todo. En la primavera llegó el golpe palaciego. Forzado a abdicar por sus generales, se resistió lo que pudo poniendo condiciones, pero no le dieron opción. Su momento estelar había pasado. Derrumbado finalmente, renunció a todo y se exilió en la isla de Elba, en el Mediterráneo.

Gran Bretaña y las monarquías europeas brindaron por la derrota en el Congreso de Viena, una reunión destinada a rehacer Europa según los intereses de las coronas absolutas y de Inglaterra. En Francia volvieron los borbones de la mano de Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI. Pero el descontento recorrió las calles de París. Temiendo verse encarcelado, y oyendo los cantos de sirena de los que le decían que Francia le amaba, Napoleón volvió prometiendo vigor, gloria y justicia. Entró aclamado en París por miles de personas mientras las monarquías temblaban. El Ogro había escapado, se dijo entre el pánico y la histeria. Así comenzó el gobierno de los Cien Días, el último destello. Pero en Waterloo el sol de la Revolución se ocultó definitivamente. Una coalición imponente, dirigida por Wellington, terminó con la última carga de Napoleón Bonaparte. Todo había, esta vez sí, terminado.

Ejecutarle no era una opción habida cuenta de la pasión que todavía despertaba entre los franceses. Optaron por desterrarlo en la isla de Santa Elena -un islote cerca de Angola-, donde Napoleón rumió su bilis y su derrota. Reducido a lo que menos soportaba, la costumbre y la rutina, dictó sus memorias y varios aforismos y máximas. Vigilado por Hudson Lowe, al que detestaba, vivió sin lujos, con muchos recuerdos y no pocos olvidos. Aceptó con más o menos estoicismo su destino, incluida su muerte. Y finalmente, para descanso de testas coronadas y de ingleses con prisas por verlo bajo tierra, murió a los seis años de destierro, a la hora del té de sus guardianes británicos, tan provinciana y tan poco revolucionaria, tan aburrida, pensó siempre, y tan odiosamente cotidiana.

 


Bibliografía

Bonaparte, Napoleón, Memorias de Napoleón escritas por él mismo: Juicios de Napoleón sobre sus contemporáneos: Máximas y pensamientos, Barcelona, Desván de Hanta, 2014.

Ellis, Geoffrey, Napoleón, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

 

 

 


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