León Trotski: el profeta que fue desarmado

Miguel Ángel Sanz Loroño - Doctor en Historia - marxenelaula@gmail.com
agosto 2020 | HISTORIA | TROTSKI | REVOLUCIÓN PERMANENTE

León Trotski durante la ponencia que ofreció en Copenhague en noviembre de 1932

Se cumplen 80 años del asesinato de León Trotski. Un 20 de agosto de 1940, Ramón Mercader, el brazo ejecutor de Iosif Stalin, le clavó un piolet en la cabeza, provocándole la muerte al día siguiente. El ideólogo de la “Revolución permanente” y el que vaticinó que el socialismo en un solo país estaba abocado al fracaso y a la vuelta del capitalismo. Brillante intelectual y revolucionario, Trotski no supo manejarse en los entresijos del partido bolchevique para suceder a Lenin en la dirección de la URSS, jugada que sí supo hacer Stalin para hacerse con el poder de una naciente Unión Soviética.  

Llegó al mundo en tiempos de hambre e injusticia. Lev Davidovich Bronstein, León Trotski (1879-1940), cambió de país como de zapatos y, aun cuando buscó un mundo de amabilidad, no pudo ser, sin embargo, amable. Nacido en la esquina ucraniana del imperio ruso, construyó el primer Estado socialista y cayó asesinado en el Nuevo Mundo. De lado a lado del globo sin perder ni el pelo ni la palabra. Revolucionario permanente, organizador infatigable e intelectual sin parangón entre los que protagonizaron la Revolución rusa, el nombre de Trotski devino mítico, y ahora, a ochenta años de su asesinato, permanece como un misterio arqueológico.

Trotski es una figura histórica por varios motivos. En primer lugar, por su protagonismo en la Revolución y la guerra civil rusas. En segundo lugar, por la fascinación que ejerce su vida y muerte, ambas tan folletinescas como dramáticas. Y, en tercer lugar, por la extrañeza que provoca la experiencia soviética, a medio camino entre la utopía y el campamento penitenciario, entre los restos de un imperio oriental desaparecido y el futuro que estremeció a las clases propietarias del mundo. Precisamente es este miedo, que ahora se disimula bajo toneladas de condescendencia triunfalista, el causante de que la URSS siga siendo objeto de libelos ensayísticos, películas grotescas y epopeyas militares en la que los norteamericanos ganaron todas las guerras sin bajarse del caballo. Una de esos productos audiovisuales, que todavía puede sufrirse en Netflix (Trotski), está centrado en Trotski, pero bien podría tratarse de una biopic encubierta de Charles Manson o del estrangulador de Boston. El bodrio, al que el Estado ruso no es ajeno, despliega los tópicos anticomunistas de rigor, a los que da una vuelta de tuerca histérica, revelando que Trotski permanece inasimilable tanto para el pasado estalinista como para el presente nacionalista ruso.

A pesar de todo, la polémica en torno a su nombre no tiene hoy, ni de lejos, la intensidad que mostró mientras el Telón de Acero no había sido rasgado. De hecho, con la excepción de algunos países con una presencia trotskista considerable como Argentina, el trotskismo es una antigualla de almoneda. Declararse heredero de Trotski tiene el mismo sentido que el hacerse bonapartista. Si bien hay semejanzas históricas entre su presente y el nuestro, el contexto histórico radicalmente distinto despoja a esta identidad política de todo sentido. Dicho de otro modo, la experiencia histórica que dio sentido a Trotski ya no existe, porque su razón de ser, presentar una alternativa al comunismo estalinista, dejó de existir hace más de tres décadas. Paradójicamente, la desaparición del estalinismo no revivió el trotskismo, sino que lo sepultó. Trotski, por tanto, debiera ser inofensivo, poco más que una pieza de museo intelectual, de los horrores, para unos, de los honores, para otros. Y, sin embargo, el rechinar de dientes con la sola mención de su nombre persiste. ¿Qué es, por tanto, lo que tanto irrita de León Bronstein?

La mirada de Trotski, entre la pose para la historia y la ironía de quien ha sido descabalgado de ésta, proviene de un mundo periclitado. Propia de un intelectual todoterreno, seguro de sí mismo y confiado en tener siempre la razón, cosa que sucedió más de lo que sus coetáneos estuvieron dispuestos a admitir, generó escalofríos hasta el día en que Yeltsin entró como una cuba en el antiguo despacho de Mijaíl Gorbachov, y le preguntó al portero por un tintero de oro que jamás existió. Esta anécdota, amén de verídica, es elocuente de la historia soviética. Para muchos, ese tintero se lo llevó Trotski al exilio, primero, y a la tumba, después. Con él, dicho en otras palabras, vivió y murió la Revolución. Y es ahí donde reside el temor más profundo tanto del nacionalismo ruso como de la derecha del mundo, porque la historia de Trotski, antes que la de una derrota y un exilio, fue un relato de éxito, el de la Revolución y la victoria frente al zarismo. Trotski no fue ni un intelectual judío de clase media, como lo fueron sus seguidores en Estados Unidos, ni el Che ruso, ni el precedente de Stalin. Y, definitivamente, no fue un gallo inconformista cuyo canto al alba se expresó en su teoría de la revolución permanente. Fue la propaganda soviética la que borró sus fotografías y convirtió su vida en muestra de discordia, esa posición incómoda, odiada por tirios y troyanos, que muchos trotskistas han tomado, erróneamente, como su principal legado.

Al igual que Lenin, con quien se las tuvo tiesas a las duras y con quien tanto compartió a las maduras, Trotski perteneció a la segunda generación del marxismo, que fue la encargada de asaltar los cielos a golpe de insurrección y decreto. No hubo antes ni después una generación marxista tan peligrosa para los conservadores de todo pelaje, porque ésta, para escándalo del capitalismo, resultó victoriosa, y eso es inasimilable. Trotski, más allá de sus ataques de prima dona y de sus años como vedette de la historia en tierras mexicanas, fue la cabeza que organizó el asalto al Palacio de Invierno y venció al zarismo con el Ejército Rojo. Si lo que todavía fulgura en la historia de la humanidad es el momento absoluto y universal de 1917, es normal que Trotski, protagonista de esta historia, haga temblar a propios y a extraños.

Así pues, debido a la sobrecarga de significados que conlleva el nombre de Trotski, la pregunta por quién fue León Bronstein sigue siendo un misterio con forma de palimpsesto. Interpretar su vida fue siempre, y aún hoy sigue siendo, materia política. En tiempos de Gorbachov, cuando hasta Nicolai Bujarin, padre del lema “enriqueceos”, eructado en los tiempos de la NEP, fue rehabilitado, Trotski siguió bajo siete sellos de condena oficial y oficiosa. Emitir un juicio sobre su obra era hacerlo también sobre el devenir de la Unión Soviética. Durante años el debate alcanzó dimensiones de Estado, cuando no de ruptura con el comunismo internacional o, incluso, de apostasía política. Responder a la pregunta por la inquina que aún hoy genera su nombre está relacionada con saber qué hizo mientras vivía. De acuerdo con Isaac Deutscher, su biógrafo más acreditado, Trotski fue un profeta que pasó de estar armado a ser desarmado y desterrado. ¿Quién fue, por tanto, Lev Davidovich Bronstein?
 

El profeta letrado

A pesar de haber nacido en una familia judía de pequeños propietarios agrícolas, León Bronstein no aprendió yidis cuando le tocaba. Su condición de judío, por muy laica que fuese su educación, lo situó en el arcén de la sociedad zarista. Por otro lado, su desconocimiento de los ritos y la lengua hebrea lo arrojó a la excentricidad desde el principio de su vida. Descartada la religión, el encaje en el mundo lo buscó desde una parte que está excluida del todo, y que solo puede ser incluida proyectándose en un universal sin marcas de pertenencia identitaria. La utopía socialista, que más tarde adoptaría la forma marxista, apareció como la solución más coherente y sencilla.

Trasladado a Odesa, ciudad cosmopolita a orillas del Mar Negro, recibió una educación esmerada. Leyó bibliotecas enteras; hizo sus primeros ensayos de prosa periodística y cultivó un sentido de la elegancia excéntrica que no le abandonó nunca. La revolución no podía ser un paseo por la avenida Nevski, pero no había motivo para no ir marcando la moda. Ordenado y orgulloso hasta la exasperación, por un tiempo pensó en estudiar matemáticas. Inteligente como pocos, su capacidad lógica le terminó de separar de sus compañeros, más dedicados a la estulticia y el abandono chejovianos que a la construcción de sistemas formales que tuviesen validez en el orbe entero. Pasados un par de años, abandonó esta idea, pero la pasión formalista por la perfección universal perduró hasta el fin de sus días. Su comunismo, de hecho, bien pudo ser un tipo de formalismo: ambos reniegan de la contradicción como un resultado correcto del sistema. De esta manera, la intolerancia hacia las aporías se expresó en la búsqueda de una sociedad sin antinomias.

Descartada la universidad para disgusto del padre, Bronstein comenzó la agitación en calles y redacciones. En un principio, su opción fue el populismo ruso, defendido por el anarquismo destilado de los mujiks (campesinos) y por marxistas sui generis como Vera Zassulich. De esta corriente recibió Trotski el antídoto contra el marxismo esclerótico y evolucionista de la II Internacional, representado por Karl Kautsky, para quien las condiciones de la revolución no terminaban, ni terminaron, de llegar nunca. Frente a este panorama, el populismo ruso defendió la posibilidad de saltar del zarismo al socialismo, violando las supuestas leyes de la historia que tanto defendían los partidos de inspiración kautskiana. En 1898, sin embargo, cayeron sobre el joven Bronstein unas leyes que no admitían violación alguna, las que hacía cumplir la policía política del zarismo, la Ojrana. Entonces se familiarizó con las hieles de los barrotes y los destierros siberianos. Allí conoció a un guardia llamado Trotski, con quien solía intercambiar comentarios y jugadas de mesa, y de quien tomó el sobrenombre cuando, para sorpresa del guardia burlado, se fugó para unirse a Lenin.

En la huida dejó mujer e hijas, pues si bien nunca descansó en busca de la revolución, ello no fue óbice para no sembrar de vástagos la tierra por donde pasaba. Durante su encierro no sólo comprendió que lo que uno no aprende por sí mismo no sirve de nada, tal y como cuenta en Mi vida, sino que allí tuvo su encuentro con Karl Marx. Al viejo alemán lo estudió como debió de hacer Averroes con la filosofía aristotélica, y no como un creyente silabea La Biblia. En Londres participó en la redacción de Iskra, a pesar de que grandes nombres del marxismo carpetovetónico ruso, como Plejánov, se la tuvieran jurada. Trotski era demasiado brillante y soberbio para que a los sabios del exilio no se les indigestara. Lenin, en cambio, lo aceptaba, porque confiaba en su franqueza y respetaba su inteligencia. El choque, sin embargo, no se hizo esperar, y la ruptura se consumó en 1903, cuando Lenin y Mártov partieron el partido socialdemócrata ruso en bolcheviques y mencheviques.

Lejos de ser una bagatela, la disputa se situaba en el corazón mismo del partido, esto es, en la organización y en la estrategia. Los mencheviques, en los que se apoyó Trotski, pretendían un partido de masas de funcionamiento democrático. Los bolcheviques, en cambio, proponían un partido pequeño de revolucionarios profesionales, disciplinado por una jerarquía llamada centralismo democrático. Este, dijo Lenin, es el único partido posible bajo el zarismo. Por el contrario, Trotski sostuvo para la posteridad la primera de las profecías que lo harían famoso y odiado: al centralismo democrático le sustituiría una dictadura plena y simple, primero del partido, después del comité central, y por último del secretario general. A estas palabras respondieron los bolcheviques acusándolo de anarquista, por un lado, y de liberal, por el otro. Pero Trotski, que en este punto no se adaptó al análisis concreto de las condiciones concretas, principal virtud y hallazgo del leninismo, se basó en los viejos textos marxistas: tal partido no es expresión de la clase obrera, sino, bien al contrario, de la ausencia de ésta. Esta caída en el escolasticismo académico, impropia del personaje, fue la primera, y, después de la Revolución de 1905, sería la última.

En 1905 el imperio ruso se trastabilló como un coloso con pies de barro. Otra matanza a cargo de la guardia del zar, combinada con una hambruna feroz y una derrota ruinosa ante Japón, encaneció la barba de un acongojado Nicolás II. San Petersburgo, ciudad de palacios y noches blancas, se arremolinó en forma de soviet y desató una huelga revolucionaria. Regresado del exilio europeo, Trotski pudo abrirse paso a golpe de retórica ciceroniana, afilada y robusta como el pensamiento marxista. Viendo las concesiones liberales del zar como una trampa, propuso no participar en ellas. Pero el clima hegemónico, dado a aceptarlas, y la correlación de fuerzas, en la que el zarismo aún tenía garra y fortuna, hicieron el resto. Disuelto el soviet, Trotski fue arrojado a Siberia como si de un muerto se tratara.

Allí hizo balance de la revolución y proyectó sus perspectivas al futuro. Para Trotski, el desarrollo capitalista, impulsado desde el Estado de forma desigual, llevaría al colapso del zarismo más tarde o más temprano. O, al menos, daría la oportunidad para que tal cosa sucediese. El régimen ruso se movía como una burocracia despótica, propia de regímenes orientales, que no tenía el tegumento y el colchón social que protegía, si bien no del todo, a los regímenes occidentales. El capitalismo tensaría la contradicción entre un sistema obsoleto y una economía dinámica, por un lado, y llevaría hasta el extremo el mal encaje que la Rusia zarista tenía en el capitalismo imperialista, por el otro. Cuando la chispa estallase, Rusia sería de las primeras en caer, por ser la más inestable, y de allí, tal y como había escrito Lenin, se propagaría el incendio a todo el orbe.

Hecho el diagnóstico, quedaba la proyección de posibilidades para el caso concreto de Rusia. Para Trotski, ni el desarrollismo burgués ni la dictadura provisional de obreros y campesinos eran la respuesta. A un sistema mundial como el capitalismo, en esta fase imperialista, le correspondía un desafío del mismo tamaño. De lo contrario, cualquier acción sería cercada, hostigada y asfixiada por ese sistema. Cambió la perspectiva del problema nacional disolviéndolo en una solución internacional. La revolución, dicho de otra manera, debía ser internacional, es decir, permanente, o no ser en absoluto. Ésta fue la segunda de sus profecías que, pasada la tormenta, puede reconocérsele como cierta.

Mientras analizaba el mundo y diseccionaba la forma de cambiarlo, vivió de su pluma, se enfrentó a Lenin, a quien consideraba responsable de mantener la división en el partido, y realizó un periplo europeo y norteamericano que le confirmó su teoría. La Gran Guerra, y la actitud chovinista de los socialistas de la II Internacional, lo llevaron definitivamente al lado bolchevique del partido y de la historia. La guerra, que no tenía nada de civilizatoria y sí de imperialista, crujió los imperios, entre ellos el zarista, bajo el peso de sus antinomias. Tras diez años de exilio, el momento había llegado. Pasada su cuarentena en el desierto de la derrota, Trotski volvió armado para contribuir a poner la historia patas arriba.


El profeta armado

En mayo, Petrogrado, antigua San Petersburgo, lucía espléndida para sus profecías. La guerra mundial, para la que Rusia no estaba preparada, colapsó el país entero. Los soviets resurgieron de las mazmorras y de la indisciplina. La jerarquía en el ejército y en la sociedad estaba hecha trizas. En febrero/marzo1, Nicolás II, despojado de autoridad, abdicó en su hermano, que renunció al honor de regir todas las Rusias al darse cuenta del papelón que le esperaba. Rusia se deshacía. Ningún emperador podía sujetarla. Derribado el último Romanov, dinastía reinante desde hacía tres siglos, el territorio se convirtió en pasto de la toma de tierras y de las huelgas revolucionarias. Un gobierno provisional de socialistas de medio pelo, capitaneados por Alexander Kerenski, fingía controlarlo todo, pero no controlaba nada. El poder dual era un hecho, no un juicio. La revolución de febrero/marzo no podía sostenerse a sí misma. Ni los liberales eran fuertes ni el zarismo hubiese concedido un sistema como el británico. Para Trotski, las conquistas burguesas solo podrían mantenerse si se hacían socialistas mediante una revolución del mismo signo. El momento de una segunda insurrección había llegado. Tras el fallido intento de julio, que dio con sus huesos en la cárcel, la siguiente, preparada a toda velocidad para el otoño, no erró el tiro.

Después del fracasado cuartelazo zarista de Kornilov, Kerenski se quedó sin el poco poder que tenía. Solo había dos opciones: la desintegración del Estado o el regreso del zarismo. Los bolcheviques, disciplinados y poderosos, se prepararon para recoger lo que la historia había forzado. Ante las dudas de algunos bolcheviques de acero poco templado, Trotski defendió la misma receta que había blandido Danton en los días de la Convención: audacia y más audacia. No había lugar para el remilgo ni la garantía. Ahora o nunca. La revolución, dijo Trotski, no pide permiso, ella misma se lo autoriza. En una labor sin parangón, Trotski preparó el asalto al Palacio de Invierno que puso en fuga al Gobierno Provisional y en guardia a las potencias del mundo. Por vez primera triunfaba una revolución comunista; por primera vez se decretaba universalmente la paz, el pan y las tierras para los que las necesitaban. El cielo había abierto sus puertas.

Constituido el Sovnarkom (Consejo de Comisarios del Pueblo), se quedó con la cartera de exteriores para sacar a Rusia de la guerra con la tea de la revolución paneuropea. En su concepción, como en la de Lenin, Rusia solo era la primera pieza de un dominó mundial, no la última. Abandonar la Gran Guerra era la única manera de mantenerse en el poder y sostener a Rusia unida. Pero al negociar con los alemanes y contemporizar con los aliados se topó con la voracidad de los primeros y con la hostilidad de los segundos. Sin aceptar el trágala que le plantearon los germanos, se dedicó a dar largas, lanzar consignas, desvelar tejemanejes de diplomacia clandestina y esperar que los imperios europeos crujiesen bajo el peso de sus miserias. La revolución, sin embargo, no incendió Europa, porque la hegemonía de los regímenes liberales hizo rodar los golpes obreros mucho mejor que el sonado boxeador zarista. No hubo revolución, pero sí paz, y a qué precio. En Brest-Litovsk los rusos perdieron el trigo, el petróleo y la cartera; a cambio, obtuvieron el fin de la contienda.

Los antiguos aliados, ahora enemigos, clamaron por la devolución de los préstamos y las inversiones, que los soviéticos denunciaron como injerencias externas. Las llamadas democracias se negaron a reconocer al Estado soviético, y dieron todo el apoyo militar, diplomático y económico al Ejército Blanco, levantado para reconquistar todas las Rusias. Entonces cayó una catástrofe bélica sobre otra que no había sido curada, y le añadieron el cerco y la presión internacional que Trotski había temido. Como le sucedió a la Revolución francesa, la rusa se vio asfixiada nada más nacer, y se defendió militarizando la vida. En el Sovnarkom se miraron buscando a alguien que pudiese armar un ejército de la noche a la mañana. Todos encontraron los ojos ardientes de Trotski, que ya lo estaba organizando en su cabeza.

En esta tarea, que le aupó al poder militar supremo en tanto Comisario del Pueblo para la Guerra, demostró Trotski toda su capacidad, meticulosidad y exigencia. Terminó con las milicias y la elección de oficiales, viejo sueño revolucionario, y restauró una disciplina feroz que ganó la guerra cuando parecía estar perdida. Apoyándose en menos oficiales zaristas de los que se le acusó más tarde, reconstruyó una escala de mando fiel al a su persona y al nuevo Estado, lo que hizo temblar a toda la plana mayor del bolchevismo. Ganó la guerra yendo de aquí para allá en su tren blindado, y se opuso a convertirse en misionero armado cuando las luminarias bolcheviques propusieron llevar la revolución a Polonia por las bravas. Pronosticó la derrota en Varsovia, y volvió a acertar de pleno. El Ejército Rojo plegó velas, y regresó a Rusia para reconstruir un país que era lo más parecido al infierno en la tierra.

En esta tarea, Trotski continuó la militarización de la vida, aboliendo derechos sindicales y civiles cuya vigencia debía, o bien olvidarse, o bien posponerse hasta nueva orden. Decidido constructor del Estado socialista, Trotski no fue un aventurero ni un tragafuegos oportunista. Su misión era la revolución internacional; su trabajo, garantizar en el ínterin la supervivencia de la revolución en Rusia. Sólo así se explica la represión que llevó a cabo de las huelgas en Petrogrado y de la rebelión de los marinos en Kronstadt, que cuatro años antes lo habían vitoreado como padre de la patria. Trotski no se parapetó en melindres ni mostró escrúpulos de bonhomía. Aceptó la Cheka; firmó la expulsión de las disidencias; y propuso la industrialización acelerada, con todo lo que ello suponía. Para él, la construcción del socialismo, que debía ser internacional, era el horizonte donde se daba la mano el cielo y la tierra. Lo demás, era secundario.

Después de la muerte de Lenin (1924), Stalin, secretario general del partido, usó el cadáver como escudo frente a la competencia. Lo propio de Trotski fue la audacia en el pensamiento, en la táctica y en la estrategia. Se olvidó de lo más importante a la hora de mantener el poder en cualquier comunidad, sea grande o pequeña. Stalin, en cambio, se dedicó a ello en cuerpo y alma. Desde la secretaría general, que por entonces no tenía el peso que tuvo más tarde, el georgiano nombró cuadros intermedios como quien coloca libros en una estantería. Los cuadros, dijo, lo son todo. No se equivocaba. En este descuido perdió Trotski el tren blindado hacia la jefatura de la Unión Soviética. Su arrogancia intelectual, diríamos, fue su perdición. En un contexto en el que el partido se convirtió en el Estado, aquél que había nombrado a todo el mundo podía recoger la inmensa siembra de la que Trotski nada sabía. Mientras uno llevaba la fama, otro cardaba la lana. Ni organizar el asalto al poder ni construir el Ejército Rojo fueron garantía para permanecer armado. Todos se unieron contra él, desde Zinoviev a Bujarin, y le descabalgaron del Comisariado de la Guerra, del partido y, finalmente, de la Unión Soviética. La aberración máxima, el “socialismo en un solo país”, lo desterró de su utopía.
 

El profeta desarmado

Expulsado en 1929 a Estambul, inició un periplo de exilios y salidas que terminó en el México de Lázaro Cárdenas. Allí permaneció los últimos años de su vida, escribiendo acerca de su derrota, de los destinos del comunismo internacional, al que dedicó el alma, y de la Unión Soviética, a la que había dedicado los mejores años de su vida. En La revolución traicionada, continuación amarga y descarnada de su excelente Historia de la Revolución rusa, calificó el Estado soviético como un Estado obrero degenerado por el aislamiento, gobernado por una casta burocrática condenada a restaurar el capitalismo. En virtud de este análisis, la Komintern solo podía ser el brazo propagandístico del estalinismo, no la punta de lanza de la revolución internacional. Después de mucho soñar con el cadáver de Lenin, decidió escindirse del comunismo mundial fundando la IV Internacional. Lejos de tener éxito a la hora de revitalizar el movimiento, esta organización fue objeto de continuas escisiones internas y de un permanente acoso y derribo externo. Pero la construcción del socialismo en un solo país no le permitió soñar con otro destino, y tampoco le dio la oportunidad del retiro. Hasta el fin de sus días, la revolución internacional fue su único compromiso.

A partir de su caída, su figura fue borrada de los libros de historia, de las fotografías y de las anécdotas. Parte de su familia fue cazada, encerrada y ejecutada. A sus sesenta años, peleado con medio mundo y visto como una reliquia, Stalin decidió no perdonarle la vida. En su opinión, el atractivo de Trotski seguía vivo, ya que era la única celebridad viva que podía dar testimonio de lo poco que había participado el georgiano en la toma del Palacio de Invierno. Todos los demás habían sido fusilados. No queriendo dejar margen a contrapesos simbólicos, ordenó el asesinato. El primer atentado, a balazos, lo dejó indemne, pero con el pelo temblando. El siguiente, con un piolet, le partió la cabeza en dos mitades, y al asesino lo nombraron héroe de la Unión Soviética, ya que no había medallas para los villanos.

En este punto tan peliagudo de la moralidad, cabe preguntarse si con Trotski la historia de la URSS hubiese sido diferente. Aunque no debe olvidarse que los problemas posteriores a la guerra civil hubieran sido los mismos, y las respuestas no hubieran sido muy diferentes, las tonalidades habrían pintado un cuadro distinto. Entre el terror rojo de la guerra civil, abierto, reconocido por Trotski como necesario y provisional, y el terror estalinista, encubierto, negado, y, por ello, permanente y monstruoso, media un mundo. No es una cuestión de grado, sino de naturaleza. Fue este terror, que convirtió la sociedad soviética en un queso gruyere óptimo para la movilidad social y la miseria humana, lo que abrasaba los ojos de Ramón Mercader el 20 de agosto de 1940. Ese día, Mercader, que había cultivado la amistad de Trotski en los últimos meses, se presentó con las manos sudadas que delatan a los culpables. Trotski le preguntó si necesitaba algo, y, cuando le dio la espalda, Mercader le descargó todo el estalinismo del mundo sobre la cabeza, cumpliendo así la última profecía que Trotski, desarmado de todo, pudo hacer sobre la tierra.■


Para saber más sobre Trotski:

Isaac Deutscher, El profeta armado (1879-1921), México DF, Ediciones Era, 1970.

Isaac Deutscher, El profeta desarmado (1921-1929), México DF, Ediciones Era, 1971.

Isaac Deutscher, El profeta desterrado (1929-1940), México DF, Ediciones Era, 1971.

León Trotski, Historia de la revolución rusa, Madrid, Sarpe, 1985.

León Trotski, Mi vida: Memorias de un revolucionario, Barcelona, Debate, 2006.

León Trotski, Terrorismo y comunismo, Madrid, Akal, 2009 (Prefacio de Slavoj Zizek).

León Trotski, Textos esenciales, Buenos Aires, Ediciones Lea, 2014.

 


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