#JoséRodriguez - COVID-19, principio del fin...

José Rodríguez Viñuales - Fisioterapeuta - josefisiosalud@gmail.com
junio 2021 | SALUD | COVID-19 I VACUNAS


Justo ahora hace un año que empezábamos las medidas de desescalada tras la primera ola de la pandemia COVID-19, declarada como tal, a finales de enero de 2020, por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Inmersos en la cuarta ola (menos acusada que las precedentes) y en pleno proceso de vacunación, todavía existen grandes aspectos que generan cierta controversia entre la ciudadanía.

Durante la historia de la humanidad ha habido grandes pandemias como la Peste Negra (S XIV): 200 millones de muertos; viruela (S. XVI): 50 - 55 millones de muertos; Gripe Española (S. XX): 40 – 50 millones de muertos; SIDA (S. XX): 25 millones de muertos.

En esta que estamos viviendo, ya llevamos unos 3 millones y medio (casi 80.000 en España) y aunque parece que el final de esta situación se acerca, cada día siguen muriendo demasiadas personas alrededor del mundo.

De las otras pandemias, la humanidad siempre sacó algo positivo, esperemos que así sea también esta vez. Todo lo que recojamos de esta situación nos tendrá que hacer conscientes de qué aspectos debemos cuidar o mejorar.

La tasa de mortalidad de la enfermedad por COVID-19 varía en función de la edad del infectado, fluctuando del 14% en personas mayores de 80 años al 0,2% en los menores de 30 años. A pesar de que es una tasa relativamente baja (existen virus como el Ébola o algunas otras fiebres hemorrágicas que pueden llegar al 90% de letalidad), el alto índice de contagio ha llegado a colapsar el sistema nacional de salud de prácticamente todos los países a los que ha afectado (incluso los económicamente más potentes).

Cómo cualquier otro virus que campa por la Tierra, éste intenta utilizar nuestra estructura celular para poder reproducirse, llegando a agotar las reservas celulares y provocando su destrucción. Si esta situación se amplifica y abarca muchos tejidos puede llegar a comprometer la salud del infectado e incluso provocar la muerte; pero el ser humano lleva conviviendo con distintos virus desde el principio de sus tiempos, de hecho, los virus ya estaban en la tierra mucho, mucho, mucho antes que nosotros, así que durante nuestra evolución fuimos desarrollando estrategias protectoras que son lo que hoy en día conocemos como sistema inmune. De manera natural tenemos muchas herramientas para luchar contra las infecciones por virus.


¿Cómo nos infecta el virus?

El virus entra en la célula “engañándola” a través de una estructura que se llama receptor de ACE II. El virus se acopla a él y la célula permite su entrada. Estos receptores se expresan mayormente en la edad adulta y tienen que ver con procesos de regulación de la tensión arterial, es decir, aquellas personas con problemas de tensión alta tienen mayor número de estos; por lo tanto, tenemos ya aquí el primer factor facilitador de la infección por COVID-19. Por ejemplo, en condiciones normales, los niños pequeños no tienen este receptor todavía formado, por eso es mucho más difícil su infección, aunque si pueden ser vectores de transmisión o incluso reservorios del virus (por eso deben también mantener las medidas anti-covid o incluso vacunarse).

Una vez la célula ya está infectada, nuestro sistema inmune intenta identificar qué patógeno es el responsable y fabrica unos compuestos específicos (anticuerpos) que bloquean al virus para que no pueda entrar en las células. También ordena a una parte de las células defensivas (macrófagos) que eliminen aquellas células que están infectadas. Todo este proceso, llamado respuesta inmune, conlleva una serie de signos y síntomas (fiebre, tos, dificultad respiratoria, dolor general, fatiga…).

El COVID-19 ataca de manera importante a las células pulmonares, la verdad es que estas células tienen mayor número de receptores de ACE II (los pulmones son, además de órganos dedicados a la respiración, elementos importantes en la regulación de la tensión arterial). Son diana principal de la infección por coronavirus (hay otros tejidos cuyas células también tienen bastantes receptores ACE II, como el corazón o los riñones).


El modus operandi del virus

Cuando la infección a nivel pulmonar es importante se provoca un cuadro de neumonía y la persona infectada va a ver comprometida su función respiratoria primero y el resto del organismo a posteriori (por la disminución de oxígeno en los tejidos). Lo que los médicos han determinado como factor clave en el empeoramiento del paciente es una respuesta inmune anómala que han denominado “tormenta de citoquinas proinflamatorias”.

Ante cualquier infección o traumatismo, la primera respuesta normal del sistema defensivo es la inflamación, pero debe ser un proceso controlado, es decir, en los primeros días debe ser una respuesta intensa para luego modularse y empezar con procesos de cicatrización y regeneración de los tejidos afectados (para esto ya no debe haber inflamación). Esta “tormenta de citoquinas proinflamatorias” no deja que la inflamación se detenga, de hecho, se produce un proceso mayor de inflamación. Como este fenómeno tiene lugar en las células alveolares del pulmón, se dificulta el intercambio de gases a este nivel, bajando el % de oxígeno en sangre. Esto es como un círculo vicioso que tiene consecuencias fatales para el paciente. Tendrá que ingresar en la UCI para ser intubado y asegurar lo mejor posible la ventilación y la oxigenación, además será sometido a terapia anti-inflamatoria potente (cortico-esteroides).

Esto último es lo que causa la muerte por COVID-19 principalmente, aunque también se ha visto que puede provocar problemas de coagulación en la sangre, generando trombos que pueden facilitar la aparición de infartos de corazón o ictus cerebrales.

Recientes estudios han demostrado que las condiciones de salud previas al proceso de infección, pueden influir en que los pacientes generen esa llamada tormenta inflamatoria y cursen un cuadro con peores expectativas; ya hemos dicho en otras ocasiones como la tendencia actual de enfermedad es hacia patologías inflamatorias (debido a las condiciones modernas de vida y a ciertos hábitos de vida no especialmente saludables).

Por ejemplo, una afección del intestino llamada permeabilidad intestinal o la periodontitis (mala salud bucal) producen una activación constante del sistema defensivo, aunque no de modo intenso. Ya hay ciertos estudios que relacionan estas alteraciones con cuadros de peor evolución. En este aspecto, los científicos arrojan conclusiones sobre cómo mejorar las respuestas naturales del cuerpo mediante una buena alimentación, ejercicio físico y una correcta gestión del estrés.


Vacunas: tipos y efectos

Está claro que el proceso de vacunación va a ser la clave para frenar de una manera total la pandemia. Nunca se habían desarrollado unas vacunas en tan poco tiempo, las mejores mentes en este campo se han puesto a ello, gracias a enormes cantidades de financiación (pública en su mayoría), Y se han desarrollado varias estrategias con distinta biotecnología.

La primera vacuna que fue declarada apta para su aplicación en humanos (y con un alto % de efectividad) fue la vacuna de Pfizer, que utiliza el método de ARN mensajero. Este consiste en hacer que nuestras propias células fabriquen ciertos elementos del virus (inocuos) para que sean reconocidos por el sistema defensivo y este fabrique anticuerpos específicos que nos protejan de una posible infección por coronavirus. Ha sido revolucionario, pues este sistema no se había utilizado con anterioridad. La vacuna de Moderna también usa este método. Serán más caras y su modo de conservación es complicado porque necesitan temperaturas muy bajas.

Luego tenemos vacunas que usan adenovirus atenuados a los que se les ha “añadido” algún elemento del coronavirus. Así las células inmunes lo reconocen y fabrican los anticuerpos específicos. Este método ya era usado de manera convencional para la fabricación de otras vacunas,. Es barato y no necesita temperaturas industriales para su conservación. La vacuna de Janssen (de una sola dosis), también usa esta tecnología.

Ambos métodos han arrojado cifras muy altas de efectividad a la hora de proteger nuestro organismo de la infección por COVID-19. Estados Unidos, ampliamente vacunada con Pfizer, ya ha retirado el uso de mascarilla en el exterior e Inglaterra, sede de Oxford – Astra Zeneca, ha disminuido la incidencia de manera espectacular gracias a su aplicación.

Todas las vacunas, no sólo las de coronavirus, tienen efectos secundarios (así como todos los medicamentos), pero la probabilidad de sufrir alteraciones graves de salud por su aplicación es muy pequeña y sus beneficios son inmensos pues será a largo plazo, el único modo seguro de conseguir la ansiada inmunidad de rebaño. ■

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