Antes Viena que Berlín - Octubre de 1934

Miguel Ángel Sanz Loroño - Doctor en Historia - marxenelaula@gmail.com
octubre 2020 | REVOLUCIÓN ASTURIAS 1934 | II REPÚBLICA ESPAÑOLA | 


En la madrugada del 4 al 5 de octubre de 1934 comenzó una huelga general en España, que derivó en la conocida como revolución de octubre del 1934

Tras la victoria conservadora en las elecciones de noviembre de 1933, el gobierno del Partido Radical, dominado por Gil-Robles, se encargó de derogar todos los avances sociales y laborales que se habían conquistado durante los dos primeros años de la República. Las tensiones se encendieron y estallaron en octubre de 1934, cuando el Ejército desató una violencia de tipo colonial que iba a repetirse a partir de julio de 1936. 

Antes Viena que Berlín. Así se conjuraban los socialistas, amedrentados por la virulencia de la retórica del “jefe”, apelativo éste con el que las Juventudes de Acción Popular de la CEDA aclamaban, a modo de imitación garbancera del fascismo, a José María Gil-Robles. El grito socialista no es uno de guerra, como insiste hoy en día el revisionismo historiográfico, sino uno de desesperación. Fuera de su contexto, esta frase no se entiende. Retrocedamos unos meses para comprenderla. En enero de 1933, el presidente de la República de Weimar, el fósil prusiano Paul Hindenburg, encargó el gobierno a Adolf Hitler. Al poco de llegar al poder, aprovechando la división dentro de la izquierda, Hitler destruyó la democracia de Weimar. La Ley Habilitante de marzo de 1933, que le confería la capacidad de gobernar sin el parlamento, marcó el principio del fin. El SPD (Partido Socialista Alemán), desconcertado y errado en su diagnóstico del peligro que Hitler representaba, se desintegró entre el exilio, la cárcel y los primeros campos de concentración.

Frente a esta forma de actuar, el Partido Socialista Austríaco (SPÖ), el otro gran partido socialdemócrata de la Mitteleuropa, optó por defenderse con las armas del ataque dictatorial del canciller Dollfuss. Pero Viena, reconstruida durante el imperio de Francisco José I con grandes bulevares y avenidas inmensas, no es ciudad para erizarse de barricadas. Como el París de Napoleón III, las enormes vías que caracterizan este tipo de urbanismo se hicieron tanto para eliminar los problemas de higiene como para hacer factibles las cargas de caballería y el reparto de metralla con cañones. El resultado para el socialismo fue el mismo, pero no el modo de caer frente al destino. Antes de hundirse en el silencio, el socialismo vienés se llevó por delante a todo el fascismo que pudo.

Antecedentes de las revueltas de 1934

En España, la situación de la República en 1934 era igualmente peliaguda, o, al menos, así la veían los socialistas. España se había abierto como una granada madura en 1931, como si, de golpe, todos los problemas que la venían aquejando desde hacía un siglo y todos los posibles horizontes que pendían sobre ella se hubiesen dado cita para electrificarlo todo. Y, con ello, todos los miedos de unas derechas acostumbradas a hacer de su capa un sayo y del gobierno su cortijo. Tras un primer bienio de reformas, que el latifundio, el Ejército, la Iglesia, y los propietarios en general, entendieron ya como revolución, ya como el preludio de una, la coalición republicano-socialista se descompuso en el otoño de 1933. Partida por intereses diversos, sacudida varias veces por las actuaciones de un Estado acostumbrado a la violencia contra el bracero y el obrero, porque tener el gobierno, no es tener el poder, la coalición presidida por Azaña se desintegró para deleite de las derechas, que, bajo la égida de Gil-Robles y el pirata “radical” Alejandro Lerroux, acudieron unidas a las elecciones de noviembre. Las izquierdas, divididas, fueron pasto de la ley electoral, que las trituró a gusto de Juan March y compañía, que, tras el fracaso del golpe de Sanjurjo de 1932, apostaron -brevemente- por derribar toda la legislación reformista mediante la vía legal o electoral en lugar de la vía catastrofista.

Sin comprometerse con la República ni por casualidad, Gil-Robles jugaba al equívoco fascista con evidentes gestos tremendistas. En El Escorial, pudridero de huesos regios y mausoleo de reyes hispanos, una manifestación multitudinaria de cachorros de la CEDA entró en delirio colectivo por el bien de España. Tal fue el éxtasis faraónico que los poseyó aquel día, tal fue la prestidigitación del “jefe”, que acordaron marchar sobre Madrid como los camisas negras habían marchado sobre Roma. Pero, a diferencia de lo sucedido en la capital italiana, una huelga socialista detuvo la parodia criminal, dando en la cara de las derechas la bofetada que las aleccionó para los próximos años: sin el Ejército, cualquier destrucción de la democracia deviene un desfile carnavalesco.

Por ello, el catastrofismo golpista de los más aguerridos defensores de la España latifundista, tuviese Gil-Robles la llave del gobierno o no la tuviese, siguió con la preparación del golpe del Estado. El marqués de Albiñana, porque siempre hay nobles y apellidos compuestos en este tipo de negocios, se dedicó a ello en cuerpo y alma. José Calvo Sotelo, ministro estrellado de la dictadura de Primo de Rivera, sostenía que Renovación Española, partido monárquico a machamartillo, debía apostar por un Estado corporativo que pusiese freno a las querencias socialistas, mordaza a las republicanas y camisa de fuerza a las sindicalistas. El fascismo de uniforme y mirada alucinada, esto es, las JONS y la Falange, que apenas juntaban una banda de macarras por entonces, se unieron a la aventura propuesta por la Unión de Militares Españoles y los carlistas de Manuel Fal Conde y el conde Rodezno, otras dos perlas de la alianza del trono y el altar de toda la vida. Al calor del acontecimiento que supuso la llegada de la II República, salieron todos los muertos que se creía bien muertos, pero no lo suficiente como para no conocer segundas vidas. Somos, decían, los de la Comunión Tradicionalista, que es como se hicieron llamar en el Congreso de los Diputados, pero también en sus romerías de boinas caladas hasta tapar todo atisbo de razón ilustrada. En sus trances de incienso, bota de vino y vivas a España planeaban insurrecciones cívico-militares contando con el apoyo garantizado, en armas y en dinero, de Benito Mussolini, a quien tanto admiraban por su virilidad, histrionismo y triunfo.

Pero por el momento, el grueso de las derechas pensaba que se podía crujir a las izquierdas desde el gobierno, y con la ley en la mano. Gil-Robles manejaba el Consejo de Ministros desde el Congreso y sus reservados, donde ponía y quitaba ministros, marcándole la senda a un Lerroux que, sin poner muchas pegas, hacía lo que le ordenaban, que para eso estaba en el cargo y, en realidad, en la vida. Desde el ministerio de Gobernación, Rafael Salazar Alonso, un buscavidas de la pluma aficionado a los mantecados y la cucaña, apretaba la calle para que nadie dijese esta boca es mía. A las huelgas localizadas respondió con mucha mano dura, que es la única que tenía. A la retórica hiperbólica y extrema de Largo Caballero, que había pasado a engallarse como el Lenin español para que la CNT no le quitase afiliados, opuso la ley y el orden, y le avisó de que, de mediar huelga general, ésta sería considerada revolucionaria y política, y, por tanto, ilegal a ojos de la República.

Desde el Consejo de Ministros se fueron dejando sin efecto los decretos socialistas o, directamente, se sustituyeron por otros, lo que fue motivo de parrandas antológicas en los casinos y las óperas. Todo lo hecho se estaba viniendo tan abajo que España iba a asomar la cabeza en el año de 1891. Pero Gil-Robles quería más dureza, ya que la España de bien y de siempre, que había pasado las de Caín al ver negado su derecho a hacer de España un cortijo, así se lo exigía. Como también se lo reclamaba la Castilla de los pequeños propietarios, siempre temerosos de todo, especialmente de los braceros y de sus rostros cetrinos y hambrientos. Del éxito de su estrategia dependía su condición de líder de las derechas, esto es, de la verdadera España, ya que las izquierdas, especialmente las obreras, llevaban ya tatuada en la frente la marca de la anti España. A Lerroux, que seguía a lo suyo, es decir, al latrocinio sin disimulo, lo tenía sujeto por la correa del escándalo público. Pero el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, que tenía ingresos procedentes de sus latifundios, volaba por libre sin necesidad de meter mano a la caja, y de ahí surgió el problema. El decreto de indulto para el general Sanjurjo presentado por Lerroux, que tanto debía al León del Rif, no por lo hecho, sino por lo que callaba desde prisión en lo tocante a la participación de Lerroux en el pasado golpe fallido, fue devuelto sin firma por el presidente. Acto seguido, Lerroux presentó su dimisión esperando que Alcalá-Zamora no se la aceptase, pero el emperador del Paralelo se equivocó de nuevo, cosa a la que aún no se había acostumbrado. Descompuesto, Lerroux dejó el sillón de presidencia a Ricardo Samper, abogado valenciano de buenas maneras y temeroso hasta de sus estornudos.

Con Samper en la presidencia, el gabinete se hizo todavía más manejable para Gil-Robles. Envalentonado, el “jefe” cabalgó sobre la humillación, el hambre y la desesperación de unos braceros que no habían conocido el trabajo desde que los terratenientes pusieron la escopeta encima de la mesa de los convenios, con los que se limpiaban las botas antes de entrar en sus palacios. La Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra, sindicato agrario socialista, fue incapaz de aguantar por más tiempo la presión de los jornaleros. Inerme ante el locaut latifundista, declaró la huelga general esperando que los decretos aprobados por Largo Caballero en su época de ministro de Trabajo se mantuvieran con la tinta fresca. No queriendo darle a Salazar Alonso la oportunidad de calificar la huelga de revolucionaria, la UGT industrial hizo mutis por el foro. Tampoco la apoyó la CNT, con quien tanto recelo se guardaba. Aislada, la FNTT cayó triturada bajo la acción del gobierno, que clausuró, detuvo y apaleó con denuedo a los huelguistas y sus medios. El socialismo agrario, se ufanó Salazar Alonso, había sido devuelto a la cueva reptando, igual que una culebra hambrienta y humillada. Estos eran los términos con los que se manejaban las derechas en el gobierno.

Al fracaso de la huelga en el campo, Largo respondió con más virulencia retórica, que inflamaba el aire de revoluciones futuras y condensaba la unión de las derechas bajo el miedo a verse, como decían, revolucionadas. Nada preparó, sin embargo, para sostener sus palabras, dejándolas que revoloteasen enloquecidas, creyendo que, con sus simples llamas, podían borrar decretos y ahuyentar bayonetas. Solo el socialista Indalecio Prieto, que aborrecía la personalidad y las tácticas de Largo, arriesgó prestigio y años de condena introduciendo armas en Asturias. Pero como todo lo que puede salir mal, sale mal, especialmente si atañe a gentes sin tratos con la fortuna, la operación fue descubierta y, apenas llegadas unas cuantas pistolas, Prieto tuvo que poner pies en polvorosa. Por su parte, la CEDA respondió con la dialéctica de los desfiles, las aclamaciones, las amenazas y los rezos, porque en esto de creer en el cielo eran tan devotos como los carlistas. Habrá sangre, dijo, si las izquierdas declaran otra huelga. Entonces, aclaró, responderá la esencia de España. Que, por supuesto, era católica y propietaria.

Poco antes de terminar las fiebres del verano, Gil-Robles forzó el conflicto que puso al Ejército de puntillas. En el País Vasco, el gobierno apretó el control sobre las provincias, incluido el económico, cuyo concierto se denunció como injusto y antipatriota. En Cataluña, el presidente Companys, que había hecho aprobar una ley para aliviar a los braceros del estrangulamiento que los terratenientes le habían impuesto, se vio desautorizado por el gobierno nacional. La ley fue tumbada por el Tribunal de Garantías Constitucionales, que olvidó que la Generalitat también formaba parte de la República, y desde ella se había hecho la ley y desde ella se defendía. Sabiendo lo que incendiaban los ánimos todo lo que venía de Cataluña, Gil-Robles y la prensa conservadora, siempre atenta a los intereses de España y siempre paladina en la defensa de las libertades cívicas, pintó el choque de competencias como si de una traición o rebelión se tratase. En su retórica apocalíptica, entre la mística imperialista y el casticismo choricero, definieron España de la manera más pequeña posible, y también de la más cuartelera. 

Cartel de la revolución de octubre de 1934 en Asturias


Del fracaso de la huelga general a la revolución en Asturias

Harto de esperar el momento y temeroso de que le tosiera Calvo Sotelo por la derecha, el “jefe” pasó a incrustar el sello definitivo de la derecha en la República. De la provocación a los socialistas dependía revertir el significado del nuevo régimen. Considerando al gobierno Samper achicharrado, forzó su caída a principios de octubre y le metió con calzador tres ministros de la CEDA. El asunto cayó como una puñalada en la espalda de la República y otra en el pecho del PSOE. La plana mayor del partido, aterrorizada con la perspectiva de ser detenida como lo fue la del SPD en Berlín, no tuvo más remedio que hacer honor a sus palabras. Sin haberla preparado adecuadamente y sin apoyo del campo, que estaba exhausto, la UGT cursó la orden de huelga general buscando salvar la honra, que no hacer la revolución. No faltó gente que secundó el paro, pues la movilización generada por el 14 de abril no solo no había disminuido, sino que se había consolidado. Pero faltó nervio, dirección y objetivos. Fue una huelga que se hizo para no perderla, pero no para ganar un gobierno o una República. El desastre, por tanto, estaba asegurado.

El único apoyo institucional provino de Cataluña, donde Companys proclamó ser el depositario de la legalidad republicana hasta que se revertiese la amenaza fascista. Allí proclamó el Estado catalán dentro de la República federal española, esperando ingenuamente que la CNT, a la que no dio armas, le apoyase en esta desesperada aventura. Falló, porque la Generalitat no tenía fuerzas para sostenerse en la tormenta de acero que se avecinaba. El gobierno sonrió caníbal frotándose las manos con la perspectiva. Exultante ante la ocasión de vestirse de hombre de Estado, Gil-Robles exigió que todo el Estado se convirtiese en una espada. El Consejo de Ministros, con el apoyo enfervorizado de la prensa, le aplaudió al unísono. Se declaró la ley marcial y se detuvo a media UGT. Largo fue detenido; Prieto, en el exilio, rumiaba la mala fortuna que, sin fallar a la cita con el desafuero, azota a los audaces que se quedan a medias. Azaña, que estaba en Barcelona asistiendo al entierro de Jaume Carner, antiguo ministro de Hacienda, fue apresado con malos modos y encerrado a pesar de su condición de diputado. La revolución de Largo era un farol, tal y como sabían el aparato del Estado y todos los que estaban en el secreto socialista. Sin unas izquierdas unidas, la huelga fue para el gobierno como un sábado de caza para el duque de Medinaceli. Salvo en una región que estaba pobremente armada, pero sobrada de dinamita y unidad proletaria.

En Asturias y parte de León, la insurrección prendió como la pólvora. A las pocas horas del cinco de octubre, los mineros capturaron Oviedo. Un día más tarde, Asturias se constituyó en una oficiosa república socialista, gestionada al grito de Uníos Hermanos Proletarios. En algunos lugares más proclive al anarquismo, en otros más al socialismo, en Asturias España fue puesta boca abajo. El horror de las clases propietarias, sobre todo de aquellas que no podían huir del país en un avión con sus joyas, hizo llorar a todo el santoral de España. Desde el gobierno mantuvieron la calma, ya que el Ejército, como un solo hombre, estaba con la espada desenvainada sosteniendo el estado de guerra. El ministro del ramo, Diego Hidalgo, otro aventurero lerrouxista al que Gil-Robles planeaba echar a los perros por no haber desarmado la insurrección, se hizo con el control del orden público para entregárselo al general Franco, que venía con ganas de aplicar la misma medicina a los obreros que se llevaba administrando a las cabilas rifeñas desde hacía más de veinte años. Aunque nominalmente fue el general Eduardo López Ochoa el encargado de imponer la legalidad en Asturias, fue Franco quien dirigió la operación de pacificación y, sobre todo, de castigo.

La idea que tenía en la cabeza Gil-Robles es que la izquierda, quebrada en el campo, y ahora en las ciudades y las minas, no levantase más la cabeza. Barcelona, a la que se pretendía, como es tradición, bombardear por tierra, mar y aire, se rindió sin oponer más resistencia. Companys y toda la Generalitat fueron llevados a prisión entre insultos y empellones, con la pena de muerte sobrevolando sus cabezas. En Asturias, el Ejército, que había llevado a lo más granado de la Legión y de los Regulares africanistas, se empleó con la violencia de una conquista. La artillería picó Oviedo; la aviación agujereó pueblos y montañas; en las calles, plazas y peñascos se tiró al pecho y a las barrigas. A las insurrectas, y a las que no lo eran, se les juzgó culpables de tentaciones y de mala crianza. Se les castigó en el cuerpo con violaciones, y, a las excesivamente pendencieras, se las pasó por las armas. Más de mil quinientos paisanos murieron a manos del Ejército y las fuerzas de seguridad de España, que se dejaron, por su parte, trescientas vidas en la batalla. Más de 25000 detenciones quedaron pendientes de torturas y juicios a cargo de los tribunales y Consejos de Guerra. La revolución había sido abortada, suspiraron aliviadas las derechas. Aplíquese el castigo máximo para que la siguiente no se piense siquiera, rezaba la opinión publicada.

Rescoldos que incendiaron el 36

En el aire quedó el sonido de los tiros que afirmaban, por enésima vez, que el Ejército es escudo y espada de los que realmente mandan. El odio entre los uniformados y las clases trabajadoras se hizo más denso y profundo todavía. La violencia, aprendieron las derechas, funcionaba cuando se ejercía desde el gobierno. Las leyes, afirmó Gil-Robles mirando a su derecha, ponen coto a las fieras. Derrotadas, las izquierdas aprendieron que, sin unidad y sin el gobierno, son liebre que no brinca. Pero también se conjuraron, porque las derechas nunca pueden evitar los vicios de los grupos por los que hablan. Para ellos, la justicia es restitución violenta y humillante del orden natural, entienden ellos, de las cosas. Las demandas obreras siempre son insolentes, cuando no impertinencias. Así pues, los billetes para el golpismo, centellearon; los sables, deslumbrantes, sonaron con más fuerza. Sin reprimirse el gusto de devolver al siglo pasado a las clases trabajadoras, el gobierno condenó por miles, cerró periódicos por decenas y dio a las izquierdas la campaña hecha para los próximos comicios, que habrían de celebrarse en febrero de 1936. Les entregó un símbolo, Azaña; y un objetivo, la amnistía.

Esos días la prensa de bien derrochó tinta roja y tachones de censura. Quien estaba con el Ejército, estaba con España. Quien estaba al otro lado de las bayonetas, estaba contra España. Desde el ABC hasta El Sol, se pidió castigo romano para las bestias de Asturias. El Debate, periódico de la CEDA, reclamó la decapitación de las izquierdas. Y todos, sin excepción, rogaron al Ejército, esencia de la nación, que guardase el sueño de la patria y fuese la pesadilla de los que renegaban de ella. En sus alabanzas ocupó un lugar destacado Francisco Franco, que, por entonces, limaba su imagen de eficaz carnicero de España. Su deseo era fusilar a Companys por traición, y a Azaña por ser el origen de todos los males, empezando por la propia República. No perdonaba Franco a Azaña el que éste hubiese clausurado la Academia General Militar de la que él era director. Tras el rezo del rosario, cuando la noche se vuelve húmeda sobre la espalda, pensó en cuánta sangre guardará la revolución para que la República tenga esta pinta, que, por otra parte, era la misma pinta que tenían las democracias del momento. Qué pasará cuando las izquierdas vuelvan al gobierno, le pregunta a Emilio Mola, eficaz matarife dedicado a planificar matanzas y asonadas de anarquistas, socialistas e intelectuales. Sea la que sea, le responde el que fue llamado el Director del próximo golpe de Estado, es necesario, y bueno, derramarla toda por el bien de España.■

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