Juan Pablo II - El Papa que surgió del frío

Miguel Ángel Sanz Loroño - Doctor en Historia - marxenelaula@gmail.com
junio 2020 | JUAN PABLO II | CONCILIO VATICANO II | GUERRA FRÍA


Juan Pablo II
El pasado 18 de mayo se cumplieron 100 años del nacimiento de Karol Wojtyla -Juan Pablo II-. Un Papa que vino del Este y que marcó doctrinal, social y políticamente el final del siglo XX. Su personalidad arrolladora sepultó los aires aperturistas de la iglesia tras el Concilio Vaticano II y elevó los valores de la familia tradicional como un eje principal de su papado. Además su influencia moral ayudó a derrocar al campo comunista tras posicionarse al lado de las llamadas democracias liberales durante la guerra fría.
Dicen que los Papas son elegidos cuando el Espíritu Santo se aparece en la Capilla Sixtina, entre pinturas de cuerpos desbordantes y músculos hercúleos, para iluminar a los cardenales con un solo y mismo nombre. Cuando en otoño de 1978 el Espíritu bajó del cielo para susurrar un nombre en el cónclave, todos los allí presentes sabían que el Sumo Pontífice vendría del frío. Pocos días después del infarto que se llevó a la tumba a Juan Pablo I, de reinado breve pero enigmático, Karol Wojtyla (1920-2005) fue el designado para afrontar los el mundo posterior al Concilio Vaticano II y a las revoluciones de 1968. 

Un hombre del Este para reevangelizar el mundo


La sorpresa no fue poca, pues se trataba del primer papa polaco de la historia y el primero no italiano en más de cuatrocientos años. La fumata blanca se vio incluso desde el Kremlin, donde un abotargado Brezhnev intuyó que se venían tiempos difíciles para la diplomacia lírica. Pero dicen los creyentes que Dios escribe recto con renglones torcidos, y esta vez no iba a ser menos, pues siempre acaba usando la caligrafía de los que mejor letra pueden pagar ya sea al contado, ya sea a cuenta. Un cardenal del Este, anodino y atlético, iba a dar la batalla por el corazón helado de un mundo en coexistencia apenas pacífica. Wojtyla, cual Bernardo de Claraval redivivo, llegaba desde el frío con la Biblia en una mano y las llaves de San Pedro en la otra. Antes que Thatcher y Reagan, dos conocidos cold warriors1, estuvo él dando la bendición urbi et orbi a los cruzados de la Guerra Fría.

Fogueado en el apostolado tras el Telón de Acero, su mandíbula, dura como el mármol, y sus ojos, fríos como dos agujeros, señalaban que no iba a ser un Pontífice ni de paso ni de permiso. Después del fiasco de Juan Pablo I, la Iglesia se decidió por un hombre joven para los estándares de una institución con casi dos mil años de historia, hecha a todo y acostumbrada a descartar sorpresas, incluso las que hacen referencia a los milagros. Dos mil años de suspicacia respecto a la trastienda pecaminosa del ser humano son demasiados como para que no cunda un refinado distanciamiento y un lubricado cinismo. Aunque en el caso de Wojtyla, ferviente devoto de la Virgen y del martirio, ambas posiciones se hallaban ausentes de su visión del mundo.

De hecho, si algo caracterizó a Juan Pablo II es la fe en lo que decía, en lo que rezaba y en lo que hacía. No hubo dobleces ni dedos cruzados detrás de la espalda cuando de Dios se trataba. Wojtyla tenía fe en la propia fe y, por tanto, creía en algo absoluto que no podía ser relativizado. En ello se asentaba su ortodoxia inflexible, y en ello iba a apoyarse toda su obra. Tenía sentido del humor, pero como lo tienen quienes se niegan a aceptar que la raíz del humor descansa en la completa inexistencia de lo absoluto y trascendente. Al margen de esta trampa, la coherencia no le fue ajena, pues si uno piensa que hay un texto escrito por Dios, y Dios es eterno, lo único que puede hacer ese creyente es seguir al pie de la letra (ortodoxamente) los preceptos del texto. Lo contrario implica afirmar que o bien Dios es temporal, o bien se equivoca. Y si, como estableció Pío IX, el Papa es infalible siendo mortal, con más motivo ha de serlo Dios, que es perfecto. La relativización, esto es, la comparación histórica e irónica, no había de tener cabida en una institución destinada a guardar en monopolio las puertas del cielo.

Antes que Thatcher y Reagan, dos conocidos cold warriors1, estuvo él dando la bendición urbi et orbi a los cruzados de la Guerra Fría.



Un mundo en crisis


A finales de los años setenta, el acceso al paraíso guardado por San Pedro se complicó tanto como el control de la Iglesia sobre sus propios textos doctrinales. El Concilio Vaticano II, lanzado por Juan XXIII, había abierto la madre de todos los melones, dejando que sacerdotes de la periferia del sistema-mundo, y otros teólogos del centro partidarios de entenderse con la Ilustración condenada siglos antes, hablasen por los codos de lo que las Escrituras decían o dejaban de decir. Lo peor que puede pasarle a una institución que vive de la jerarquía y la disciplina es que se diluya la primera y se relaje la segunda, cultivando el debate y la duda que bien pueden terminar en la ruina. Para combatir esto, era preciso apoyarse en la infalibilidad del Papa, monarca absoluto tanto de la Iglesia como del Estado vaticano. De lo contrario, pensaron asustados algunos cardenales, la disolución del catolicismo podría estar a la vuelta de la esquina.

Pero no sólo la Iglesia se hallaba sumida una crisis interna, sino que el mundo fuera del abrazo de piedra del Vaticano parecía derrumbarse como en un relato profético. Italia, nada menos, acababa de aprobar la ley del divorcio y del aborto, medidas que la Curia romana, radar político de extraordinaria fineza, atribuía con razón al empuje del Partido Comunista de Italia. El PCI de los años setenta, dirigido por el elegante Enrico Berlinguer, influyó decisivamente en el gobierno apoyando al sector pactista de la Democracia Cristiana de Aldo Moro. Por entonces, el PCI estaba en su momento de mayor apogeo electoral, con cifras que superaban el 30% de los votos, aunque esto no fuese otra cosa que el canto de cisne de un posterior y lento declive.

Sea como fuere, Berlinguer, que sabía que tenía el acceso al gobierno de la nación prohibido por Washington, impuso su idea del “compromiso histórico” en un momento de máximo peligro para la democracia italiana. Por un lado, se berreaba un indisimulado golpismo a cargo de Giorgio Almirante y diversos sectores de la derecha italiana, admirados de los supuestos logros de la guerra por la civilización que el general Pinochet estaba llevando a cabo en Latinoamérica. Por otro lado, la estrategia de tensión financiada por el Estado profundo italiano, el sector de Giulio Andreotti de la Democracia Cristiana, la mafia y la CIA, puso a la península italiana bajo la bota de los crímenes y atentados de Estado.

La explosión que suele resumirse en el cataclismo de 1968 había venido para cambiarlo todo, pero no en el sentido pretendido por sus protagonistas.



Las revoluciones de 1968 habían dado paso a una década, la de 1970, llena de bombas, represión policial y plomo. El PCI logró parcialmente canalizar en las urnas el descontento de la juventud y de la clase obrera, pero no pudo evitar el surgimiento de “brigadas rojas” que señalaban a Berlinguer como un mal tan grande como lo era Giulio Andreotti. La tormenta, por tanto, fue perfecta. Los atentados en Piazza Fontana (1969), la estación de Bolonia (1980) y el asesinato del presidente del Consejo de Ministros, Aldo Moro (1978), principal interlocutor de Berlinguer en la DC, forman parte de esta estrategia de desestabilización destinada a expulsar al PCI de la esfera de influencia gubernamental y a endurecer la legislación represiva de la República contra los sindicatos y los grupúsculos de izquierda. Frente a ello, el PCI hizo de tripas corazón y se avino a sostener la democracia aún a sabiendas de que le culparían hasta del asesinato de Julio César para no dejarle nunca acceder al gobierno. Con ello se fue quemando lentamente, pero no sin dejar algunas leyes para la historia de Italia que provocaron rasgaduras de túnicas en el templo más sagrado de Roma.

Italia estaba boca abajo y del revés; el resto del mundo, también. La explosión que suele resumirse en el cataclismo de 1968 había venido para cambiarlo todo, pero no en el sentido pretendido por sus protagonistas. Una cosa debe quedar clara: las revoluciones de 1968 fueron derrotadas policialmente. Sin embargo, sus valores, que apuntaban contra los aspectos más burocráticos y disciplinarios del pacto social forjado después de la Segunda Guerra Mundial, lo que se ha llamado el “espíritu del 45”, se utilizaron, una vez despojados de su carga política, para reformar la cultura del capitalismo en beneficio de este último. Se pasó del fordismo disciplinado al posfordismo desregulado; del liberalismo social y la socialdemocracia, al neoliberalismo individualista. De la América de los valores patriarcales, del esfuerzo y el trabajo duro en una empresa para toda la vida, a la Amerika de la degradación urbana y el materialismo. La Iglesia, siempre atenta al síntoma, pero siempre confundida con la enfermedad que lo provoca, interpretó este cambio de era dentro de la historia del capitalismo desde el punto de vista de la moral. La crisis del pacto del 45, que todavía no había dado lugar a la nueva sociedad neoliberal consolidada tras la caída del muro de Berlín, les apareció como una corrupción moral sin precedentes en la que se mezclaban gobiernos comunistas, sindicatos de clase desatados y colapso civilizatorio de las costumbres.

De la misma manera que las clases dominantes no quisieron tentar a la historia permitiendo que la salida a esta crisis fuese por la izquierda, la Iglesia se decidió a obrar en el mismo sentido. Los salarios nunca habían comido tanto porcentaje de plusvalía; los derechos laborales jamás se habían ejercido con tanta eficacia; las huelgas rara vez se habían combinado con tantas manifestaciones masivas; la inflación pocas veces había estado tan alta en medio de un estancamiento olvidado durante más de tres décadas; los jóvenes jamás habían contestado tanto a los padres; las mujeres nunca habían quemado tantos sujetadores; las colonias jamás habían sido tan pocas; las minorías nunca habían logrado hacerse oír con tanta presencia; los países comunistas jamás habían controlado tanta tierra soberana; el infierno, en definitiva, nunca había ardido con tanta fuerza. El momento de la ofensiva para dar marcha atrás a la historia o para dar un salto adelante había llegado. Karol Wojtyla, surgido del frío más allá del Telón de Acero, era el hombre indicado para ello.


La irrupción de Wojtyla


En tiempos de lo que él entendió por incertidumbre, corrupción y narcisismo, Wojtyla propuso una vuelta a lo absoluto. En tiempos de un cielo sin voz y sin estrellas, de un mundo desencantado, racionalizado, completamente acelerado y contingente, vaciado de misterio y lazos de vecindad, gobernado por el materialismo egoísta, la nostalgia por lo absoluto, entendió Juan Pablo II, debía de ser más fuerte que nunca. De la ortodoxia y del rechazo al relativismo hizo un banderín de enganche para llevar a cabo la reconquista del terreno perdido y de los corazones abandonados. Había que volver a Dios para que el mundo dejase de lamentar su dolor y de gritar su angustia. Para ello, debía expandir su mensaje por todo el orbe y para todo el que oyese. Cogió el avión y no se bajó nunca.

Cuando los cardenales decidieron que Wojtyla era el nombre sugerido por el Espíritu Santo, pensaron que este polaco duro y cerril haría de escudo perfecto para las maniobras de la Curia romana. Viniendo del Este, ajeno a las sutilezas cortesanas de Roma, Wojtyla debía ser tan manejable como una marioneta. Pero se equivocaron de cabo a rabo. Wojtyla iba a satisfacer con creces el giro ortodoxo dentro de la Iglesia y en la relación con el mundo soviético, pero nadie pensó que llegaría a convertirse en el Papa que más Estados visitó, más santos y beatos hizo y más ratings de audiencias alcanzó. En esto sobrepasó las pretensiones de la Curia, y con ello pudo hacer de su capa un sayo para definir la institución a su imagen y semejanza.

Una religión no puede suprimirse sino se elimina la causa que la genera. Intentar hacerlo es como separar a un hombre que no puede respirar de la bombona de oxígeno que lo mantiene con vida.



La actuación de Juan Pablo II sirvió, en pocas palabras, para legitimar y reforzar el desplazamiento del consenso y el sentido común hacia la derecha. Las condenas morales del egoísmo capitalista a cargo del Papa, al que se le oía en este tema como el nieto que oye al abuelo hablar de lo mal educados que están los jóvenes, no podían parangonarse con su defensa férrea de la familia tradicional y la condena sin paliativos de todo lo que quedaba fuera de ella. Cuanto más hablaba Thatcher de la importancia de la familia como forma de solidaridad última y primera, más eco tenían las voces del Papa. Nadie podía engañarse de a qué valores se referían uno y otra, y contra quiénes había que pedir a Dios o a la Cámara de los Comunes que descargase el olvido o las leyes.


Hegemonía social, institución y doctrina


Así las cosas, Juan Pablo II nunca perdió de vista que la revitalización de la Iglesia y la salvación del mundo debían llevarse a cabo en tres frentes: la construcción de una hegemonía social, el refuerzo de la institución y el control de la doctrina.

En el primer ámbito, Wojtyla no tuvo ni tendrá rival. Este Papa visitó más de 120 Estados, incluyendo aldabonazos como el de Cuba, en un periodo, llamado especial, en el que la isla pasó el mayor de sus purgatorios después de caer al infierno tras la disolución de la Unión Soviética. Juan Pablo II buscó una Iglesia abierta a las masas, espectacular, televisiva, popera. Su apostolado fue católico en el pleno sentido de la palabra: se lanzó al proselitismo más descarnado, reconquistando terreno perdido en América Latina a manos del evangelismo y estableciendo pactos y áreas de influencia con el resto de religiones institucionalizadas. Si el mundo moderno estaba desencantado, como afirmó Max Weber, el mundo posmoderno debía de estarlo más todavía. Wojtyla se propuso reencantarlo con su carisma y sus performances, algunas excesivas, muchas vergonzosas desde el punto de vista de los más tiesos miembros de la Curia. Logró su objetivo, pues, aunque no es cierto, como gritaban sus grupies, que a Juan Pablo II le quería todo el mundo, no se falta a la verdad cuando se afirma que ningún Papa, al margen de Pedro, ha sido tan famoso en el mundo entero.

En el segundo terreno su maña diplomática no fue menos eficaz. Al César hay que darle lo que es del César, pues Dios se conforma con el alma y el más allá, sobre el que la Iglesia tiene un monopolio incontestable. Con Juan Pablo II el Vaticano, a través de sus nunciaturas y conferencias episcopales, se avino a prestar cobertura moral a todo gobierno que estuviese dispuesto a darle a Dios lo que era de Dios. El Papa hizo críticas a derecha e izquierda, pero fundamentalmente a una izquierda que no entendía que los privilegios de la Iglesia católica se entienden en Roma como derechos. En un tiempo de nulo poder temporal y de caída precipitada de las vocaciones, la buena relación con los Estados era un asunto vital para seguir bombeando dinero e influencia a través de las venas eclesiásticas. Juan Pablo II lo sabía e hizo todo lo posible para congraciarse con cualquier gobierno que defendiese el orden civilizatorio, el culto católico y la familia tradicional. El nuncio Pío Laghi, de hecho, no ahorró bendiciones para la labor de “reorganización nacional”, tan eufemística como criminal, que llevó a cabo la dictadura cívico-militar argentina (1976-1983). Salvando al César, se dejaba el poder de Dios intacto, y esto era lo importante. Si para ello tenía que dejar a algunos miembros de las Iglesias de América Central, como las de Nicaragua o El Salvador, a los pies de los caballos, lo hacía. Ante las dudas y críticas, siempre pudo Juan Pablo II esgrimir el mismo argumento que silenció a los franciscanos en sus debates escolásticos: Cristo pudo ser pobre, pero la Iglesia no podía darse ese lujo.

Juan Pablo II no dudó nunca, como los necios o los fanáticos. Lejos de aportar luz, su silueta se estampó siniestra. Con él llegó el frío, y después fue nada.



En el último campo de batalla, el de la teoría, necesitó la ayuda de un campeón de la razón teológica, el alemán Joseph Ratzinger. Nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la antigua Inquisición, Ratzinger sabía expresar con argumentos escolásticos y fintas retóricas lo que Juan Pablo II solo podía rezar con gesto compungido y doliente. En este punto la ofensiva fue total. No dejó nada al azar, ese enemigo del plan divino que debe ser tan concienzudamente perseguido como la heterodoxia. Condenó sin ambages la Teología de la Liberación latinoamericana, dando legitimidad indirecta a la eliminación física de varios sacerdotes por las dictaduras del continente; excomulgó a quien dudó de su infalibilidad papal; elevó a los cielos a la amante de la pobreza Teresa de Calcuta; nombró más santos y beatos que la Iglesia en sus cinco siglos anteriores, entre ellos el inefable Escrivá de Balaguer, abarrotando el santoral con figurones y colapsando la entrada del paraíso con modelos de conducta sacados de los monstruos producidos por el sueño de la razón; pulió a su gusto el derecho canónico y el catecismo, esto es, las leyes y la moral, condenando desde el aborto al uso de los preservativos, incluso en aquellas zonas del África devastadas por el SIDA a las que más tarde visitó para bendecir con el temblor de alma y de manos de rigor; y, finalmente, pidió perdón por los errores del pasado, como la condena que sufrió Galileo allá en el principio de los tiempos. Si Dios es eterno, es natural que la Iglesia, mortal, vaya despacio.

La seguridad de los iluminados


A cien años del nacimiento de Juan Pablo II, podemos concluir que el significado de su papado reside en su función histórica. En la mayor parte de los casos, la religión es tanto una expresión de una situación social como una protesta contra esa situación. El cristianismo no se hubiese extendido desde un rincón del Imperio Romano de no ser por esta doble condición de consuelo ante la miseria, la esclavitud o la muerte, por un lado, y de servicio al poder, por otro. Una religión no puede suprimirse sino se elimina la causa que la genera. Intentar hacerlo es como separar a un hombre que no puede respirar de la bombona de oxígeno que lo mantiene con vida. Pero esto no quiere decir que esa religión, que vive de la nostalgia de lo absoluto, del hambre de valores universales que garanticen la continuidad de la vida individual y la memoria de los hombres y mujeres, deba invadir la vida civil de una comunidad. Sus virtudes y prácticas morales no pueden ni deben trasvasarse a la vida política. Todo lo contrario, pues una comunidad política debe regirse solamente por el imperio de la razón, único elemento en común que tiene el ser humano y que es capaz de hacer preguntas sobre sí mismo que ninguna creencia puede hacerse a sí misma.

Es cierto que nadie puede mirar a las estrellas sin preguntarse, como afirmaba Kant, cuestiones metafísicas que la razón no puede resolver con certeza. Pero eso no implica que puedan ni deban ser respondidas por nadie más que nuestro intento de darles un sentido lo más racional posible y, por ello, lo más falible posible. Todos aquellos que han bajado de algún monte o han vuelto de algún desierto con una tabla de verdades o un libro respuestas, cierran esas preguntas en falso, impidiendo al ser humano temblar y dudar bajo un cielo sin voz y sobre una tierra poblada de sombras. Juan Pablo II fue uno de esos hombres. No dudó nunca, como los necios o los fanáticos. Lejos de aportar luz, su silueta se estampó siniestra. Con él llegó el frío, y después fue nada.■

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